6/4/06

Es lo que tiene el metro los sábados

Mientras me vestía me preguntaba si mi suéter sin mangas con estampado de cebra sería muy cutre. Me preguntaba a quién se lo podía preguntar. Y le diría: “es que tiene años, aunque no es de los 80, no te creas”.

Ya en el metro, cuando he cambiado a la línea tres en Plaza Cataluña, el chico que estaba de pie delante de mi llevaba una bolsa de plástico rígido, de las que venden en el todo a más de un euro, con estampado de cebra, pequeño. El chico no se sabía si era muy original o sin techo; eso también te lo digo.

Una o dos paradas más adelante, entra otro joven que se coloca al lado del de la bolsa, justo enfrente de mí. Lleva una chaqueta entre americana y casaca de pana blanca, tampoco se sabe si blanco roto o blanco sucio. Del cuello para arriba se podría decir que normal; jamás hubieras sospechado la indumentaria que verías del cuello para abajo: una camiseta negra con un dibujo con piedrecitas look diamante, un cinturón con una hebilla supegrande con un diseño que bien podría ser el logo de una nueva empresa de ferrocarriles, pero también de piedrecillas preciosas –aunque mi hermano hubiera vomitado al llegar a este punto. Ahora caigo en que no me fijé en el pantalón, deslumbrada –y no en sentido positivo- por el hebillón, aunque está claro que era negro y punto.

Pasemos al calzado: botas como camperas pero modernizadas, con superpunta y tacón hacia dentro, de piel, pero piel con pelo, de … cebra.

Aguanto como puedo la risa que me produce la energía del triángulo cebril y paso mis ojos alrededor de las otras caras, buscando un signo de que se hayan fijado en el detalle.

Respiro hondo y me consuelo pensando que ya me puedo ahorrar hacerle a nadie la consulta imaginada a primera hora de la mañana.