24/8/08

Mesas y contenidos

Esta mañana en la cama, no quería levantarme todavía: me han venido a la mente aquellos manteles, uno verde y otro rojo, de la mesa del apartamento de 54 Fortin Road. He recordado esa cocina claramente. Esos manteles tan cálidos como todo lo demás. Verde ahora, rojo otro día. Tus candelabros de cobre, siempre cerca de la pared.



Y luego una serie de mesas, casi siempre sin mantel, pero apoyadas a la pared, como aquella. La de Gesler Street, en la pared. La de mi apartamento de Waterman, en la pared. Me ha costado recordar la de Graduate Village—fue tan penoso. Durante largos segundos no veía la imagen, como si allí no comiéramos. Y finalmente la recuerdo, también apoyada contra la pared. La pared de la ventana. La de Fortin Road fue la primera que fotografié. Y ahí me doy cuenta de mi obsesión por fotografiar mesas. Mesas de cocina. A poder ser, con comida o flores, o candelabros.



La mesa actual la he fotografiado también bastante, pero ésta no está apoyada a la pared. Por primera vez es redonda.

El ocio de mi niñez

Recuerdo sólo dos películas a las que mi abuelo nos llevó, a mis hermanos y a mí, de pequeños, al cine de verano. Pobre hombre, buena voluntad, poco criterio. Una era de Manolo Escobar. Sólo recuerdo una escena en un autobús en que un hombre le mete mano a una mujer por debajo de la minifalda de la época. La otra película, y aquí es cuando yo me río al recordar, era El hombre elefante de David Lynch. Aún estoy esperando ver a un hombre muy parecido a un elefante.
Parece que mis padres no tenían tiempo ni ganas de ir al cine. Porque recuerdo perfectamente sólo dos películas más que fui a ver de niña: La Guerra de las Galaxias, en el Coliseum, porque estábamos de “vacaciones” en Barcelona, y algo había que hacer (si no, de qué). Que llegamos tarde y nos tuvimos que poner en primera fila, y en una esquina. Creo que me dormí. Era insoportable. Sólo recuerdo los moños como ensaimadas de la princesa Lea muy, muy grandes y oblongos amenazándome desde la pantalla. Si no me dormí, desde luego, aparté la vista de aquel horror y soñé en algo que no recuerdo. El Planeta de los Simios fue la segunda que vi con mis padres, posiblemente también en Barcelona. Sólo me acuerdo de eso, de que fuimos al cine.
La quinta y última, Aladino y la lámpara maravillosa, en dibujos, y en el cine Jonia. Ya tirando a la a adolescencia, y porque una amiga de la familia nos vino a buscar a casa. Nos llevaba. Allá que vamos mi hermana y yo, seguramente vestidas igual, y con sendas mariconeras de charol rojo que eran la hostia de modernas. Nos compramos pipas, y después del cine también fuimos a los coches de choque, que por cierto también creo que fue la única vez en la vida. No sé cómo nos lo hicimos o qué especie de tontería se apoderó de nosotras –o llevábamos las pobrecillas marcada en la frente, dada nuestra nula experiencia en cuestiones de ocio- pero en un momento dado, las dos mariconeras desaparecieron. Final amargo de la emocionante tarde de ocio popular que tardamos en olvidar.