12/10/09

Puertas deslizantes

El Centro Comercial había quedado en penumbra. Clara salió del baño y se lanzó en busca de una salida abierta. Sus pasos retumbaban en el silencio. Parada ante la segunda salida que encontró, con la esperanza de que sus puertas se deslizaran ante ella, se fijó en una sombra humana, pero no se atrevió a volverse a comprobar a quién pertenecía. Siguió caminando pegada a la pared, casi aguantando la respiración. El maniquí que ella no había querido mirar sonreía a sus espaldas. Una respiración casi jadeante llegó hasta sus oídos, pero su propio corazón alterado le hacía dudar que fuera real. Caminó más deprisa, intentando no parecer asustada. La máquina de refrescos en ningún momento intentó perseguirla.

Dio un grito al ver una pierna que asomaba del pequeño contenedor junto a la tercera puerta, que tampoco se abrió, antes de comprobar aliviada que era el resto de un maniquí. Cogió la pierna de plástico, y la sujetó bajo el brazo que no llevaba bolso. Al llegar a la cuarta puerta, y comprobar que no abría, el pánico se apoderó de ella. Cuando oyó la voz del guardia de seguridad que decía “señora…”, no se paró a descifrar el significado. En un milisegundo se aferró instintivamente a la pierna de maniquí y con una torsión del tronco le atizó con todas sus fuerzas al hombre, que quedó tendido inconsciente. Tras comprobar que respiraba y sin pensarlo un segundo, rompió el cristal de la puerta con la pierna, haciendo que saltara la alarma del Centro Comercial.

El despertador sonó y nunca se había alegrado tanto de despertarse. Su marido, en cambio, tuvo que llamar al Centro Comercial donde trabajaba de guardia de seguridad para decir que no iría; se había levantado con un horrible dolor de cabeza, como nunca había conocido.

11/10/09

El hombre de las mascotas

(Providence, RI, año 2000)
-Mira a ese hombre que entra con el conejo de peluche. Se subió un día a mi autobús cuando salía del trabajo en la oficina del correccional. Tenía aún la etiqueta puesta, pero eso sí, lo sentó cómodamente en el asiento a su lado, que era para pagar otro pasaje.
El conejo era tremendo, blanco y rosa, y por entonces entrábamos en Pascua, así que no me chocó demasiado. El hombre era también grande, y empezó a no parecerme muy normal por la conversación en torno al conejo que inició con otros pasajeros. Me recordaba a Ignatius Reilly de La conjura de los necios. En lugar de bigote tenía gafas. En lo demás, podía perfectamente llamarse Ignatius. También tenía una madre, creo, que lo acompañaba a veces. Aunque quizás el de la madre era otro de los hombres-niño que a veces iban en los autobuses de Rhode Island.
Ahora, Carmen y yo estábamos en la terraza del Starbucks y él había entrado, conejo en brazos.
-Hostia, si yo lo ví salir de CVS con él y creía que lo había comprado para un niño.
-Pues creo que no, porque la prisión no queda cerca de aquí, y allí estaba él con el conejo.
-Mira dónde lo ha colocado. Hostia, cómo está el tío.
-Como una regadera.
El conejo estaba bien sentado en la pequeña plataforma de la barra donde ponen los cafés que la gente va pidiendo. Pascua ya había pasado hacía unos dos meses y estábamos disfrutando del sol en la terraza de la cafetería.
Al rato sale el hombre con el conejo en brazos y con dos cafés en la bandeja de cartón de Starbucks. Bromeamos sobre si es un café para él y otro para el conejo, pero en realidad no descartamos ninguna posibilidad.
Otro año, otro marzo, estamos otra vez en Starbucks, y esta vez no hay sol que disfrutar, por supuesto. Pero mira, las atracciones están disponibles todo el año.
-No lo puedo creer, Carmen, mira quién sale de Newport Creamerie.
La nieve de las últimas tormentas no se ha derretido aún, pero nuestro Ignatius sale de la heladería con dos batidos de helado marca registrada de la Cremerie: los "Awful, Awful"—cosas de Rhode Island. La mascota esta vez es distinta.
-No, si otra cosa no, pero sentido de la temperatura, lo tiene. Éste va por estaciones, todo bien conjuntado.
-Nada de cafés que puedan contrastar con las temperaturas externas.
-Y preparado, con la mascota justa para los contratiempos que puedan presentarse.
El hombre se aleja cuidadosamente por la acera helada, los batidos en la bandeja, y un enorme San Bernardo de peluche bajo el otro brazo.