22/11/09

Y cortó con estilo

Sentada en la barrita delantera del bar gracioso de la calle Vaya Cuesta, como en un escaparate, viendo a la gente que pasa. También a la gente que entra. Ha dudado entre pedirse el cóctel en tamaño normal o en una copa de vino (ponen cócteles grandotes en la happy hour).

—¿Te lo hago flojo?—pregunta la camarera.

—Me preocupa, más que el alcohol, el volumen—de hecho, el alcohol lo necesita.

Al final va a ser cóctel tamaño normal, y espera que de fuerza normal.


La charla de los traductores ha acabado más de una hora antes de la hora fijada para la cena. No puede estar plantada mirando a los demás o en un grupito fingiendo que le interesa la conversación. Más que nada porque no sabe (ni quiere) fingir. Pase, mientras saludaba a los que no van a la cena (alguna a quien tenía que haber reclutado, ahora lo sabe). Luego, ha buscado este sitio que sería su salvación durante media hora. O más.

Un año o no se sabe cuántos meses antes, se rajó. Se fue del restaurante. Por la razón equivocada. Muy equivocada. Una razón que le sirvió de excusa para perderse otras cosas que le hubieran servido de algo en la vida. Hoy se quedará aunque se equivoque. Porque ahora hará lo que tiene que hacer en cada momento. Dirá lo que hay que decir. Declarará su independencia.

El tequila sunrise sabe a aspirina infantil. Por la granadina. No había zumo de arándanos para el cosmopolitan. Mejor. Zumo que sabría a bote. Mejor la aspirina. Las chirimoyas, por cierto, saben a otra medicina de la niñez: a aquel jarabe blanco resultante de la mezcla de un líquido y un polvo. Jugar al químico era el mayor atractivo del jarabe, mayor que el sabor. No el Benadryl, que era el rojo que sabía aún mejor, quién sabe si a algún licor que no conoce aún, o a zumo de arándano.

Pero no jugaba con el Quimicefa.

Y piensa, mientras bebe y observa: ¿Qué coño tanto tiene que hablar la gente? Qué pesadez con el aislamiento del traductor. Por dios, cuando se desaíslan son sacamuelas, por lo que se ve. Ella no es excepción, sólo que a ellos no los conoce, o no le interesan, o no les interesa. Ergo no les habla. Habla mucho en general, eso sí, aunque lo está dejando. Y lo más importante, le encanta estar sola también y no hablar. No hay niños corriendo por su casa, y no necesita mil respuestas a una pregunta simple.

Sólo un día más tarde, un jueves, habían pasado tantísimas cosas. Era casi medianoche, la misma hora que el día anterior al finalizar la cena, moderadamente divertida e informativa, y perfectamente inocua gracias al cóctel. Esta noche de jueves no hubo cócteles para paliar dolores. Sólo hablar con su mejor amiga (posiblemente la mejor amiga del mundo, que diría el anuncio), inaccesible casi siempre pero no hoy, que le detuvo el llanto y hasta le provocó la carcajada.

Antes de eso, había estallado a llorar amparada en la excusa de una película, sí, bastante triste. No la más indicada para el momento, pero conveniente para llorar impunemente en público. Se había estado reprimiendo desde las dos y media de la tarde exactamente, cuando se bajó del taxi tras definitivamente romper con quien a ella le había roto la cadena molecular del ADN de su personalidad. No había llegado a salir de la manzana, y el propósito de salir a comer fuera (y sola) seguía firme. No tenía qué cocinar ni ganas, pero sí hambre. Eso fue a las dos, justo antes de que él llamara y anunciara que vendría a recoger los papeles que le había pedido, a primera hora, que imprimiera como favor. De otra larga cadena de favores.

***

Caminaba en dirección a su casa debatiéndose entre subir y echarse a llorar a todo volumen, como en los viejos tiempos, o caminar un poco más y entrar en ese restaurante chino donde no hubiera jamás entrado en otras circunstancias. La idea a las dos menos cuarto era ir a uno más lejano pero bueno. Ahora, con menos tiempo y ojos llorosos, el restaurante que siempre le pareció malo era perfecto: no había mucha gente. No había mesas individuales, y se sentó en una tira de tres mesas, la más cercana a la puerta. Otra chica solitaria se sentó en la mesa del otro extremo de la tira, para luego mudarse hacia adentro al sentir el biruji que entraba. Los camareros un poco antipáticos. Una chica pelaba patas de pollo en una mesa al lado de la barra. La salsa agridulce era sólo agri, igual que la soja, y el vino era agua.

Perfecto. Otra vez mirando hacia la calle, a las luces y las sombras tras las puertas de cristal esmerilado. La tele con programación en chino era también ideal. El tono de los anunciantes de los próximos programas, el tono de todo, era igual que el de la televisión americana. Una cosa que aprender del día. Como en el bar del cóctel, haciendo tiempo mirando al cristal. La mañana había sido lluviosa y ahora salía el sol. Salió unas cuantas veces mientras comía. Y sólo eso: comer, vistazo a la puerta, vistazo a la tele. Despacio. Pudo con todo y ni se sintió llena.

—¿Quieres café?

—No.

—¿Helado?

—¿Has dicho helado?

—De chocolate…

—De chocolate. Hoy es día de chocolate.

***

Qué bueno estaba el chocolate. Como las trufas de la cena de la noche anterior.

Pero por la mañana, cuando él la había llamado al timbre para invitarla a tomar un cafecito «aquí abajo» (y para no perder la tradición, pedirle que imprimiera aquel documento que él no pudo abrir), ella pidió un croissant de crema.

—¿De crema? —la miró extrañado—, ¿qué te pasa hoy?

Normalmente era palmera de chocolate. Hoy no. Un croissant de crema que hacía juego con las legañas que apenas había podido deshacer.

Tanto se entretuvo en el chino que no pasó a tomar un buen cortado. Directa a casa a ver su culebrón favorito, que siempre veía (oía) mientras hacía cien cosas más. Hoy tampoco. Hoy tocaba emborracharse de sonidos e imágenes, acostada en el sofá. Luego, atendería un poco de trabajo urgente. La responsabilidad era su fuerte. Después, se volvió a acostar en la cama, a descansar y a esperar una llamada de trabajo o la hora de ir al taller de voz, lo que sucediera antes. Así, seguiría la borrachera con ejercicios de respiración, voz, y canto. Y se encadenaría con la película de drama social.

***

A las doce de la noche del miércoles volvía a casa tras la cena con una sonrisa en los labios. Un joven indio que intentaba ligar inició una conversación surreal que le sirvió para ya no sonreír sino reír durante el trayecto. Como se rió también (espaciando llantos) este mediodía hacia las tres menos cuarto, cruzando la calle hacia el chino, al recordar las palabras del hombre, minutos antes. Cualquier grupo de palabras de esas que pronunciaba con total convencimiento y seriedad, que ella se creyó a ratos y, a momentos, le desconcertaban por insólitas.

Que le «disfrazara» la razón de la ruptura, tuvo valor de decirle.

—No me apuñales así.

Apuñalarlo era decirle que estaba harta.

—No me digas que me aprovecho de ti. Dime «mira, te quiero, pero me haces daño, etc.»

El que un día le diera instrucciones de no enamorarse, ahora le daba instrucciones de cómo romper con él. Impresionante.

Ese lunes, justo antes de que él la llamara para invitarla porque «le sobraba una dorada» (o sea, la atraería a su casa, y otra noche más ella sentiría que no debería) había comprado dos rotuladores: quería el plateado, pero cogió también el blanco. Por deseo antiguo. No sabía para escribir sobre qué papel oscuro le serviría, pero lo quería. Se quedó con los dos. Plata y blanco. Cogió también un perforador para hojas que hacía agujeros en forma de corazón, y las cosas realmente necesarias que estaban en la lista y que ahora no recuerda, por supuesto.

Después del desayuno con instrucciones, y rápido porque él tiene trabajo, imprimió los papeles que suponían el favor de hoy. Ningún esfuerzo, pero pesaba sobre su persona. Remató un trabajo. Recibió una llamada para otro que sería su salvación por ahora. Atendió varios emails y exigencias de ese ordenador.

Metió las páginas impresas en un sobre blanco. Se dirigió a la estantería y cogió un gran libro de fotografía periodística y desgarrada, que a él le encantó (o hizo como que le encantaba) en una de las primeras citas, cuando siempre venía a casa de ella, seguramente porque aún no había pasado el filtro que le daría el sello de aprobación para tener el honor de llevarla a su casa. Sacó del armario un papel de regalo plateado. Abrió el libro y leyó la notita de color naranja en la que un día, hacía ya tiempo, había escrito la dedicatoria-despedida y que hasta ahora nunca tuvo cojones —ni rotulador blanco— para escribir en la página negra que seguía a la tapa dura. En la parte de atrás de esa misma hoja, con el rotulador plateado, y aunque fuera sólo por probar, escribió: I want out! Envolvió el libro con cuidado y lo metió, junto con el sobre blanco, en una bolsa también blanca de la medida de los dos paquetes. Dejaba el pedido listo para cuando el hombre tuviera un momento en su agitada vida para venir a recogerlo.

Nunca se sabía cuándo se daría ese momento, pero últimamente había mostrado un poco más de consideración con ella, avisándola con antelación de cualquier actividad en la que se viera implicada. Un detalle. Por eso la llamó a mediodía, justo cuando ella salía a comer, para anunciar que vendría por la tarde.

—¿Cuándo? A las seis tengo que salir.

—Pues esa es la hora que estaba pensando.

—...

—Espera, voy ahora entonces —y bromeaba con alegría.

—Venga, déjate de chorradas y te veo abajo —seria, harta, y cogiendo la bolsa blanca.

Las bromas de siempre y el «vamos a comer juntos» esta vez no funcionarían.

—No, no vamos a comer juntos.

—¿Qué te pasa? Cuéntame.

—Mil veces te lo he contado, ya no te lo voy a contar más —no había más que explicar, que quejarse, que entender. Tras acordar no llamarse más, le entregó los papeles que miró por encima. El libro se quedó en el taxi, dentro de la bolsa.

La dedicatoria no era ya muy oportuna. Pero tampoco fueron oportunas tantas y tantas palabras pronunciadas por él repetidamente durante el primer año de la relación.

«Un día me dijiste que no me deshiciera nunca de este libro. Pero yo creo que es justo y necesario deshacerme de él para ponerlo en manos de alguien que lo aprecie.» Como era justo y necesario romper una cadena y poner en sus propias manos las riendas.

Cómo cambian las cosas

Ahora que estoy lista para dejarlo,

dice él "sólo falta que me dejes”.

Ahora que no recuerda que despreció y evitó,

quiere él estar encima y congraciarse.

Ahora que necesito estar conmigo y por mí,

quiere llevarme un fin de semana a Londres, o a Dublín.

Vuelve al ego crecido

y cree que su sonrisa es suficiente

y me canta por Sabina

que mi boca ya no busca su boca.

Queda como un señor diciendo que no llama más

y a la que llamo compra sin consultar entradas

para Georges Moustaki, que yo creía muerto ya.

Ahora sólo falta que me cante el Ne me quite pas

a grito pelado y en el pabellón auricular.

¿Tendré que ser desagradable?

¿O podré resistir con estilo?


La era del cóctel (enero 2007-octubre 2008)

Las entradas de noviembre son cosas antiguas que ya se pueden airear. Como todas mis entradas, que no soy yo aquí reportera dicharachera de la actualidad. Y además, las tres entradas de noviembre son en honor a Maribel. Toma.


12/10/09

Puertas deslizantes

El Centro Comercial había quedado en penumbra. Clara salió del baño y se lanzó en busca de una salida abierta. Sus pasos retumbaban en el silencio. Parada ante la segunda salida que encontró, con la esperanza de que sus puertas se deslizaran ante ella, se fijó en una sombra humana, pero no se atrevió a volverse a comprobar a quién pertenecía. Siguió caminando pegada a la pared, casi aguantando la respiración. El maniquí que ella no había querido mirar sonreía a sus espaldas. Una respiración casi jadeante llegó hasta sus oídos, pero su propio corazón alterado le hacía dudar que fuera real. Caminó más deprisa, intentando no parecer asustada. La máquina de refrescos en ningún momento intentó perseguirla. Dio un grito al ver una pierna que asomaba del pequeño contenedor junto a la tercera puerta, que tampoco se abrió, antes de comprobar aliviada que era el resto de un maniquí. Cogió la pierna de plástico, y la sujetó bajo el brazo que no llevaba bolso. Al llegar a la cuarta puerta, y comprobar que no abría, el pánico se apoderó de ella. Cuando oyó la voz del guardia de seguridad que decía “señora…”, no se paró a descifrar el significado. En un milisegundo se aferró instintivamente a la pierna de maniquí y con una torsión del tronco le atizó con todas sus fuerzas al hombre, que quedó tendido inconsciente. Tras comprobar que respiraba y sin pensarlo un segundo, rompió el cristal de la puerta con la pierna, haciendo que saltara la alarma del Centro Comercial. El despertador sonó y nunca se había alegrado tanto de despertarse. Su marido, en cambio, tuvo que llamar al Centro Comercial donde trabajaba de guardia de seguridad para decir que no iría; se había levantado con un horrible dolor de cabeza, como nunca había conocido.

11/10/09

El hombre de las mascotas

(Providence, RI, año 2000) 
-Mira a ese hombre que entra con el conejo de peluche. Se subió un día a mi autobús cuando salía del trabajo en la oficina del correccional. 

Tenía aún la etiqueta puesta, pero eso sí, lo sentó cómodamente en el asiento a su lado, que era para pagar otro pasaje. El conejo era tremendo, blanco y rosa, y por entonces entrábamos en Pascua, así que no me chocó demasiado. El hombre era también grande, y empezó a no parecerme muy normal por la conversación en torno al conejo que inició con otros pasajeros. Me recordaba a Ignatius Reilly de La conjura de los necios. En lugar de bigote tenía gafas. En lo demás, podía perfectamente llamarse Ignatius. También tenía una madre, creo, que lo acompañaba a veces. Aunque quizás el de la madre era otro de los hombres-niño que a veces iban en los autobuses de Rhode Island. 

 Ahora, Carmen y yo estábamos en la terraza del Starbucks y él había entrado, conejo en brazos. 

-Hostia, si yo lo ví salir de CVS con él y creía que lo había comprado para un niño. 
-Pues creo que no, porque la prisión no queda cerca de aquí, y allí estaba él con el conejo. 
-Mira dónde lo ha colocado. Hostia, cómo está el tío. 
-Como una regadera. 

El conejo estaba bien sentado en la pequeña plataforma de la barra donde ponen los cafés que la gente va pidiendo. Pascua ya había pasado hacía unos dos meses y estábamos disfrutando del sol en la terraza de la cafetería. 

Al rato sale el hombre con el conejo en brazos y con dos cafés en la bandeja de cartón de Starbucks. Bromeamos sobre si es un café para él y otro para el conejo, pero en realidad no descartamos ninguna posibilidad. 

Otro año, otro marzo, estamos otra vez en Starbucks, y esta vez no hay sol que disfrutar, por supuesto. Pero mira, las atracciones están disponibles todo el año. 

-No lo puedo creer, Carmen, mira quién sale de Newport Creamerie. 

La nieve de las últimas tormentas no se ha derretido aún, pero nuestro Ignatius sale de la heladería con dos batidos de helado marca registrada de la Cremerie: los "Awful, Awful"—cosas de Rhode Island. La mascota esta vez es distinta. 

-No, si otra cosa no, pero sentido de la temperatura, lo tiene. Éste va por estaciones, todo bien conjuntado. 

-Nada de cafés que puedan contrastar con las temperaturas externas. 
-Y preparado, con la mascota justa para los contratiempos que puedan presentarse. 

El hombre se aleja cuidadosamente por la acera helada, los batidos en la bandeja, y un enorme San Bernardo de peluche bajo el otro brazo.

20/9/09

El día que me compararon con Dudley Moore

Son las 3 de la mañana y me despierto sobresaltada pensando que me he despertado a las 3 de la tarde una vez más, ya que el jet-lag parece haberme afectado esta vez. O es que tengo una habitación interior donde no me entero ni del día ni de la hora si no quiero. Hace un tiempo buenísimo, y han florecido montones de hombres en bicicleta. Mi abuela murió el lunes pasado, una hora después de que yo llamara desde casa de Cuca. Eso explica lo parco en palabras de mi hermano aquel día. Y yo haciendo la cabra por el otro lado del mundo. Casi me siento culpable.Qué cabrona la tía de Air France en el aeropuerto, que me hizo facturar una maleta de más, cobrando los correspondientes 100 dólares, y además me hizo pasar ropa de una maleta a otra, como si eso fuera a cambiar el peso total del equipaje, exponiendo mi ropa interior y cositas inexplicables en pleno aeropuerto, y restregando así los pantalones negros por el suelo antes de empezar el viaje transatlántico. Por no hablar de tener que llevarme el ordenador portátil bajo el brazo, que finalmente metí a la fuerza en el bolso cuadrado de peluche (igualito al oso que tenía mi hermano de pequeño) para protegerlo durante el vuelo. Y todo lo que había en el bolso, pasó a la bolsa de la manta del avión. Tal era la incongruencia de mi equipaje de mano, que me colocaba en una extraña categoría entre la bag-lady y la ejecutiva agresiva. En el aeropuerto aún intenté, bolso de peluche en bandolera y ordenador portátil bajo el brazo, comprarme una maleta para el ordenador y todo lo que me compré fue un pincelito para el eyeliner de 16 dólares (¿me había vuelto loca?). Y en la tiendita de perfumería en cuestión había seres realmente extraños. Un hombre que es lo último que esperas encontrar en una Body Shop, tanto menos en una tienda más sofisticada del Aeropuerto Logan. Una mujer como la rubia de Absolutely Fabulous (acento británico incluido), que me cobró el pincel, y otra como madre de George Constanza, pero más parecida a la muñeca que tenía su novia y cejas como las que Elaine le pintó a Uncle Leo. Se acerca y me dice, con otro acento extraño:
-Perdone, señorita, ¿no le han dicho nunca que es igualita a Dudley Moore?
-¿Quién?- digo para mí, pero entienden mi rostro.
-Dudley Moore, el actor de Hollywood. ¿No podría ser su hermana? -le pregunta a la otra, que está completamente de acuerdo. Yo no tengo la más mínima de quién es el tipo, pero sospecho que no es de mis favoritos, y que es un poco raro (but very funny, según ellas). La curiosidad me pica y la rubia alta me escribe el nombre en una tarjeta de la tienda. El pincel que he comprado, eso sí, es de la mejor calidad. Hago una búsqueda en Internet y he aquí el tipo. Lo reconozco en seguida.




-¿Cómo se le puede decir a alguien algo así?-Bueno, chica, yo veo el parecido. Cuando he tenido una mala noche y estoy un poco demacrada, lo veo. Se lo cuento a unas compañeras del trabajo que me salió en el verano y se mean de la risa. Parece que ellas sí conocen al actor. Ven más cine de audiencia.
-¿Llevabas el pelo como ahora?-Más o menos.
-Pues por eso es.
-Pues por eso será.

***

The day I was compared to Dudley Moore (2002 or 2003)

It’s 3 a.m. and I wake up in a sweat, thinking I woke up at 3 p.m. once again, since the jet lag seems to have had an impact on me this time. Or maybe it’s just that in my secluded bedroom I can never know what the day or the time is if I don't make an effort.

It is getting warmer and brighter outside and tons of men on bicycles are springing in the streets. My grandma died last Monday, an hour after I called her from my friend Carmen’s. That would explain why my brother was not as talkative as usual that day. And I was fooling around in a frenzy at the other side of the pond. I feel guilty, almost.

What a bitch, that Air France hostess at the airport; she made me check an extra suitcase, with the corresponding extra $100, and on top she had me transfer clothes from one suitcase to another, as if that was going to change the total weight of my luggage, so I had to expose my underwear and uncanny thingies in the middle of the airport, as well as dragging my black pants on the floor prior to starting my transatlantic flight. Not to mention having to carry my new laptop as a purse. I finally managed to force it into the squarish plush handbag (exactly the same color and texture than my brother's stuffed bear) to kind of protect it during the flight. And everything that was in that bag, I transferred to the bag containing the blanket in the airplane. Such was my carry on luggage’ incongruence, that placed me in a strange class between the bag-lady and the executive.

At the airport I still made an attempt, plush shoulder bag crossing my chest and my arm grabbing the laptop, to buy a carrying case for the laptop. But all I got to buy was an eyeliner brush that cost 16 dollars (Had I gone mad?). And the inhabitants of the little make up store were weird beings. A man, which is the last thing you expect to see in a Body Shop, much less in a more sophisticated store at Logan Airpot. A woman that resembled the blonde in Absolutely Fabulous (British accent included) assisted me at the cashier. Another shorter older woman, who resembled George Constanza's mother, but closer to his fiancée’s doll and with eyebrows like the ones Elaine draw on Uncle Leo. She approaches and tells me with a strange accent:
—Excuse me, lady, have you ever been told that you look just like Dudley Moore?
—What? —I said to myself, but I guess my face translated right away.
—Dudley Moore, the Hollywood actor, couldn’t she be his sister? —she asks the other woman, who totally agrees.
I don’t have the faintest idea who the guy is, but I suspect he is not one of my favorites, and he's kind of weird (but very funny, according to them). It piques my curiosity and the tall blonde writes his name down on a business card. The brush I bought I am completely satisfied with, though—top quality. I do an internet search and here is the guy. I recognize him immediately.

—How could they tell you something like that? —says my best friend.
—Well girl, I can see the resemblance. When I’ve had a bad night and I'm looking gaunt, I can see it.

I tell the story to some coworkers at the job I had in the summer and they are rolling with laughter. They definitely knew the actor. They see more commercial films, apparently.
—¿Did you have this same haircut?
—More or less.
—That’s why.
—Well, sure that’s why.

24/8/08

Mesas y contenidos

Esta mañana en la cama, no quería levantarme todavía: me han venido a la mente aquellos manteles, uno verde y otro rojo, de la mesa del apartamento de 54 Fortin Road. He recordado esa cocina claramente. Esos manteles tan cálidos como todo lo demás. Verde ahora, rojo otro día. Tus candelabros de cobre, siempre cerca de la pared. Y luego una serie de mesas, casi siempre sin mantel, pero apoyadas a la pared, como aquella. La de Gesler Street, en la pared. 

La de mi apartamento de Waterman, en la pared. Me ha costado recordar la de Graduate Village—fue tan penoso. Durante largos segundos no veía la imagen, como si allí no comiéramos. Y finalmente la recuerdo, también apoyada contra la pared. La pared de la ventana. La de Fortin Road fue la primera que fotografié. Y ahí me doy cuenta de mi obsesión por fotografiar mesas. Mesas de cocina. A poder ser, con comida o flores, o candelabros.

La mesa actual la he fotografiado también bastante, pero ésta no está apoyada a la pared. Por primera vez, es redonda.


El ocio de mi niñez

Recuerdo sólo dos películas a las que mi abuelo nos llevó, a mis hermanos y a mí, de pequeños, al cine de verano. Pobre hombre, buena voluntad, poco criterio. Una era de Manolo Escobar. Sólo recuerdo una escena en un autobús en que un hombre le mete mano a una mujer por debajo de la minifalda de la época. La otra película, y aquí es cuando yo me río al recordar, era El hombre elefante de David Lynch. Aún estoy esperando ver a un hombre muy parecido a un elefante. Parece que mis padres no tenían tiempo ni ganas de ir al cine. Porque recuerdo perfectamente sólo dos películas más que fui a ver de niña: La Guerra de las Galaxias, en el Coliseum, porque estábamos de “vacaciones” en Barcelona, y algo había que hacer (si no, de qué). Que llegamos tarde y nos tuvimos que poner en primera fila, y en una esquina. Creo que me dormí. Era insoportable. Sólo recuerdo los moños como ensaimadas de la princesa Lea muy, muy grandes y oblongos amenazándome desde la pantalla. Si no me dormí, desde luego, aparté la vista de aquel horror y soñé en algo que no recuerdo. El Planeta de los Simios fue la segunda que vi con mis padres, posiblemente también en Barcelona. Sólo me acuerdo de eso, de que fuimos al cine. La quinta y última, Aladino y la lámpara maravillosa, en dibujos, y en el cine Jonia. Ya tirando a la a adolescencia, y porque una amiga de la familia nos vino a buscar a casa. Nos llevaba. Allá que vamos mi hermana y yo, seguramente vestidas igual, y con sendas mariconeras de charol rojo que eran la hostia de modernas. Nos compramos pipas, y después del cine también fuimos a los coches de choque, que por cierto también creo que fue la única vez en la vida. No sé cómo nos lo hicimos o qué especie de tontería se apoderó de nosotras –o llevábamos las pobrecillas marcada en la frente, dada nuestra nula experiencia en cuestiones de ocio- pero en un momento dado, las dos mariconeras desaparecieron. Final amargo de la emocionante tarde de ocio popular que tardamos en olvidar.

16/10/07

EGB y jabón Lagarto

“Los de la EGB” era el título de una de esas presentaciones PowerPoint que te reenvía el personal como si el correo electrónico se hubiese inventado con este fin. Ya sé de qué va y lo he abierto, e incluso leído, aunque la primera vez que lo leí era mejor o quizás era otro distinto. El gran paréntesis: Que sí, es cierto que nuestras primeras deportivas eran unas Paredes y muchas cosas que no recordabas. Pero lo que más me gusta es que el jabón de Marsella entonces se llamaba Lagarto. Y además era un jabón de verdad, el de toda la vida, con el que frotabas lo más sucio antes de meterlo en la lavadora, que no había oxiaction que valiera. Por no decir que todavía no existe ninguna oxiaction ni otra mierda de action que quite las manchas sin frotar. Palabrita de ama de casa a tiempo parcial, total cuando hay ansiedad. Me niego a comprar productos con perfume a puto jabón de Marsella –suavizante, detergente, limpiapisos, lavavajillas... sólo falta la colonia y el desodorante. Claro, si ahora el suavizante huele a Nenuco, coño, que la colonia de bebé huela a jabón Lagarto, o quizás si el limpiador de suelos oliera a colonia Johnson's me gustaría más... o el aceite Johnson's podría oler a Mistol. Cerremos paréntesis. El resumen es cómo ha cambiado todo desde que los cuarentones de ahora íbamos a EGB. Y lo supuestamente buenos y conformados que éramos entonces. Me llega esto junto con unas experiencias que me recuerdan que las cosas no han cambiado tanto en algunos aspectos. Vale, a lo que iba. Que yo fui a EGB, y ahora estoy en un instituto de secundaria (lo de educación lo omito adrede), donde mis alumnos son los que entonces serían de octavo curso. Y ya se sabe, nos quejamos de que los adolescentes de ahora no trabajan ni tienen interés y cosas mucho peores. Que es muy cierto. Pero no es menos cierto que de éstos también había en aquella época. Yo fui a FP, y he visto paralelismos entre mis alumnos de hoy y algunos de entonces. La diferencia es que ahora son el cincuenta por ciento, y antes eran dos o tres de cuarenta. Sí, uno de mis alumnos, desde que me quedé con un grupito de 12, de los que no quieren aprobar la ESO, se ha pasado todas las clases encerrado en un armario pequeño. Miento: el último día salió para acostarse sobre unas mesas y que las chicas de la clase le dieran un masaje relajante. La diferencia es que aquel de mi clase de FP se metió en el armario para chivarle las respuestas del examen a otro. Al menos, había un objetivo, y un pensamiento. Esas mismas chicas con vocación de masajista son las que a veces sacan el espejo y se peinan y se maquillan. Y esto también lo vi en FP. En la clase de lengua de una profesora que tenía el pelo muy cardado. La diferencia: estaban en las últimas filas. Las de hoy están en la primera. ¿Por qué dejo que se quede en el armario el pequeñito? Supongo que por imitar a la profesora del pelo cardado: Mientras se calle y no moleste… mientras tres me hagan caso dejo a los demás que se maten atrás si quieren. ¿Cuándo hay que expulsar a un alumno? He decidido que el lunes mismo. Es lo que me pregunté el primer día, que fui a la clase que comparto con otra profesora y entonces vi que no expulsaba a la mayoría, aunque bien se lo merecía. Y en mi clase reducida estoy en las mismas: si expulso a los que se lo merecen me quedo sola. Que no me importaría. Hay: Peligro de síndrome de túnel carpiano de tanto escribir partes de expulsión, tantas reglas sobre lo que un profesor puede hacer o no, y normas no escritas del tipo "éste quiere que lo expulses, así que no puedes expulsarlo". No ayuda el sistema informatizado de pasar lista y poner faltas de asistencia y de disciplina, con doce códigos numéricos para cada falta. Fallo: en la falta de disciplina, no se puede entrar más de un código, y la mayoría cometen casi la docena de faltas a un tiempo. Y chica, estoy perdida. Mi profesor de inglés en FP –sólo porque no respondíamos bien a los ejercicios- pegaba un puñetazo en la mesa y después un portazo y se largaba. Luego venía la profe de Humanística y nos echaba la bronquita sobre qué le hemos hecho a Luís que tanto se preocupa por nosotros y después nos explicaba cómo funciona la adrenalina en el cuerpo aprovechando el ejemplo del enfado de Luís. No sé los demás, pero yo aprendí con estas cosas. Pues eso, yo quisiera largarme como Luís, pero creo que no se puede. Me gustaría explicar lo de la adrenalina -o algo similar- pero dudo que me dejen. Aunque a un chiquillo de los más revoltosos (por decirlo suave) le he dicho que a ver si se pone e intenta ser ministro de educación para cambiar esa ley de la escolarización obligatoria hasta los 16 que tanto odia. Opiniones oídas recientemente, que intentaré poner en forma de diálogo: -La ley está así, y ahora ya no hay vuelta atrás. (¿Cómo que no? Igual que se pasó de EGB a ESO, que se pase de la ESO a lo que sea.) -Pues no, porque si salen a los 14 se van a los billares y se empiezan a meter… (alguien más viejo que yo). (Es igual, el que se va a meter se meterá. La vida es dura: hay gente que supera esta etapa y los hay que no. Selección natural. También los había que iban a trabajar y otros que iban a FP... Y ahora, igual, cada cual ya elige lo que quiere.) -A los adolescentes no se les puede pedir que estudien. Yo los pondría a hacer deporte y servicios sociales. (Pro: Me parece muy bien. Merece la pena intentarlo; darles a probar la realidad. Contra: Habría qué ver cuánto deporte organizado pueden soportar y si van a limpiar las calles, por ejemplo. Que deberían... con una figura tipo jefe tiránico. Pero si esa figura no fuera capaz de conseguirlo… ¿Que voy a conseguir yo?) Y una solución intermedia, si yo tampoco llego a ser ministra de educación, sería: vale, aquí se quedan hasta los 16. Los separamos, como se está haciendo, en "los que quieren aprobar" y los que no. Pero mejor. Y el que tenga a los "malos", pues oye, al menos que no se tenga que preparar nada, ni gastar los recursos de la escuela en fotocopias. Incluso se les puede encerrar en una clase y que se maten si quieren. Y así nos ahorramos también un sueldo. Yo por el momento el lunes voy a expulsar a algunos, a cerrar la clase con llave para que no se salga y entre (aunque sospecho que no la puedo cerrar e irme a tomar un cortado). Y ya te contaré. Sé que sólo es un trabajo, que salgo y ya no soy ésa. Pero al pensar me jode que todo evolucione como el detergente: que inventamos nuevas fórmulas, nombres, formatos, concentrados y quitamanchas milagrosos. Que lo envolvemos todo en olor a jabón de Marsella pero las manchas siguen apareciendo y perdurando, porque ya nadie frota con jabón de verdad.

25/9/07

Ahora que ya no se lleva ligar por internet

Podemos soltar algunos pensamientos espontáneos-resorte al ver anuncios/fotos de los hombres de la innombrable página web:

Sí, claro, te voy a contestar precisamente a ti que no tienes la puta decencia de poner una foto. Cuando está claro que si una no pone la foto no le contacta ni Dios. Lo sé porque todos hacemos una búsqueda y a partir de ahí clicamos en la foto que nos entra por el ojo.

Budda Sitges: por ejemplo. Yo no sé si me mandó un beso porque yo le había visto la página, o porque se equivocó, pero me sorprendió, hasta me mosqueó. ¿Por qué una cosa tan guapa y atractiva, tan en forma, me contacta a mí? Sospechoso. ¿Y eso de que viva en Sitges? Mmmm, vamos soy atractiva pero como para cambiar orientaciones sexualeeesss…

***

Hay otros, pobrecitos míos, que mejor que no pongan foto: aquel hombre de Perú, con una foto de carné con pinta de los 70, con la raya bien hecha, con una cara seria de amargura… que más que una cámara dirías que le apunta un fusil... qué pena.

O este otro que, se ve que si lo lavas y lo peinas, podría ser atractivo. Que se ve que lo es, de hecho. Pero claro, si se pone para la foto de esa manera, todo despeinado, sin afeitar, sin una mínima pose ni sonrisa y que le ha dado al botón sin ver lo que enfoca... Vale que estás en casa tranquilamente, vale que las fotos de estudio son engañosas, pero chico, qué te cuesta arreglarte para la foto como cuando vas a salir, por Dios. Si la misión es atraer gente…

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Y el que dice que está en forma y te preguntas si es un chiste. Porque ves una foto pequeña con dos personas, y ya dices: vale, aquí hay truco, te pone una foto con un amigo un poco guapo para que tú creas que ese es él.

(Lo he visto antes, en la primera era de ligoteo por internet. Uno me mandó una vez una foto con dos personas más. Y vi dos fotos más de él, y cuando lo conocí, era distinto a todas. No fue el único. Hubo otros totalmente engañosos…).

Pues lo que iba comentando de la foto con dos personas, una de ellas de abdomen prominente… no, omnipresente. Y luego vas a la foto ampliada, y ves que es él con su hijo preadolescente. Te desconcierta. Recuerdas lo de que está en forma. ¿En forma de qué, de donut? ¿Y qué pinta el hijo aquí? ¿Sinceridad? ¿Hombre familiar? ¿Que no sabe recortar la foto?

O cuando te fijas en la decoración y eso te lo descarta todo: aquel treintañero con una cama de 80 detrás. O aquel caballo de cerámica en la estantería del comedor, o la cadena con crucifijo en el cuello.

Y luego los interesantes que te ponen la foto de un ojo (de la cara). Ey, que otros ponen un culo, y luego resulta que no es el suyo. Y luego te enteras también que si por ellos fuera pondrían no el culo en general, sino el ojo en particular, no sé si me entiendes… porque tienen una fijación…

Bueno, pues el que puso la foto del ojo de la cara, luego entendí cuando lo vi: la boca no la iba a poner no, una de esas bocas difíciles, y con boqueras…

Y los mayorcitos poco atractivos, que te da una pena que sea ese tipo de hombre el que busca una mujer como tú y además piensa que le vas a corresponder. Te deprime. Eso y que cuando intentas suscribirte para contestar los emails te das cuenta de que la letra pequeña es más pequeña de lo que creías y la tarifa más grande.

Y la foto tampoco sirve para nada. Había presentaciones en forma de prospecto de una medicina, y otros estilos similares. Estupendo, un adonis, ciertamente, de cara y torso apolíneo, que además escribía como Dios. Era el mejor de los comunicadores por escrito. En directo: no miraba a los ojos, jamás. No tenía la más mínima habilidad social, por no hablar del color de los dientes.

Así que el único con quien quedé sin foto… imagínate ya el trauma y el drama. Lo veremos más abajo, en Homer(1).


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Pero antes decir que cuidado, que si pides foto, te tacharán de superficial. Y los maleducados o sobrados, te insultarán: “tiquis-miquis i poc intel.ligent”, me dijo uno, todo fino, el cabrón. Y digo cabrón porque aún lo conocí un poco más. Como tuvo la deferencia de seguir escribiéndole a alguien tan poc intel.ligent, y yo disfrutaba un poco llamándolo Pompeu Fabra, estuve aprendiendo expresiones en catalán que nunca había oído (a dojo, fer patxoca, ondia!). Pero chico, tan fino, tan inteligente... Y cuando tocaba conocernos en persona quería venir directamente a mi casa y él traería el vino, y yo cocinaba. Le parecía de lo más normal, y que qué diferencia hay entre eso o salir a tomar un café. Pues mucha. Obviamente, si es un psicópata asesino lo seguirá siendo, aunque antes vaya a tomar café con él. Psicópatas asesinos se te pueden presentar o construir mientras estás casada con ellos 15 años. En cambio, si es un tipo normal y un pedazo de pan, pero no tenéis nada que deciros, ni hay chispa que salte ni deje de saltar, después del café le dices "encantada", y cada uno pa' su casa. ¿Cómo va a ser lo mismo? Pues nada, ahora ya no era sólo poc intel.ligent, además era… no sé cuántas cosas más… Qué mal rollo.

Pero hay más. De cuando casi funcionaba:

Había, de la primera búsqueda, elegido a dos tíos por la cara (literalmente, porque me gustaba la cara), uno que tenía una rana Gustavo encima de la rodilla, y otro calvo con gafas de pasta:
1 - El de la rana era el casado. Que sí: es el mejor de todos, si no estuviera casado y bien casado y no tuviera muy claro que está casado. Pero lo está, y aunque hemos llegado a ser amigos, y hemos hablado mucho y disfrutado mucho, no es mío, claro.
2 - El calvo con gafas, que contactamos, que vamos a quedar, que tenemos los teléfonos, es escritor de cómics y ahora está ocupado con el salón del Manga… y una noche me estoy comiendo una ensalada delante de la tele y oigo una noticia de un polémico libro por su contenido misógino. Ahí está el libro, ahí está el nombre del autor: mi calvo con gafas, al que aún no he conocido, pero que se hace medio famoso por el momento y que ahora esperemos que siga poniendo palabras a los dibujos Manga… Sí, sí, quedé con él mucho después de eso, pero ni siquiera hablamos del tema. Niano niano… disimulábamos (al menos yo disimulaba). Hablé como una cotorra. Él ya tenía novia, que había conocido precisamente por el mismo sitio web y, al despedirme, me disculpé por haber hablado por los codos.
-No, está bien, porque yo no soy muy locuaz.


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(1)HOMER - Pero hete aquí aquel de quien no has visto foto. Tartamudea y queda contigo justo en las fiestas de Gracia. Ya te debería dar mala espina que es de Madrid y se ha venido a vivir a Barcelona. Cuando lo ves, con el pantalón hasta más arriba de la cintura, y más culo que panza, intentas hacer la señal pactada con tu amigo gay que significa “rescátame”, pero él interpreta: “Aléjate, me quedo con aquí Homer Simpson”. Y el hombre de los pantalones altos que cantan en medio de una placeta de Gracia repleta de modernillos sigue interesado en ti, aunque aún no te haya visto bien porque TAMPOCO mira a los ojos, y no ha visto que no solo no quieres mirar tampoco, sino que también tienes cara de sufrimiento, y que te estás intentando escaquear. Que por mucho móvil que tengamos no habrá hoy forma de pedirle a tu amigo, otra vez, que te rescate. Porque el cabrón encima está en la otra esquina de otra plaza ya, riéndose de ti. Y cuando ya le dices a la cita que estás cansada y mejor te vas a casa, te tienes que inventar otra mentira, porque encima vive de camino a tu casa, y te puede acompañar. Te las arreglas para hablar con tu amigo (que se sigue riendo de ti y lo hará durante meses) y haces teatro, “ay chica, estás aquí, pues venga que nos vemos…”, y esta vez, por supuesto, Homer sí se da cuenta de que mientes como una bellaca:
1º- por la ley de Murphy.
2º- porque simplemente no sabes actuar.
Y entonces Homer, con cara y tono de dolido te dice “anda, vete, vete”

Y tú te sientes horrible bruja donde las haya.

6/4/06

Es lo que tiene el metro los sábados

Mientras me vestía me preguntaba si mi suéter sin mangas con estampado de cebra sería muy cutre. Me preguntaba a quién se lo podía preguntar. Y le diría: “es que tiene años, aunque no es de los 80, no te creas”. Ya en el metro, cuando he cambiado a la línea tres en Plaza Cataluña, el chico que estaba de pie delante de mi llevaba una bolsa de plástico rígido, de las que venden en el todo a más de un euro, con estampado de cebra, pequeño. El chico no se sabía si era muy original o sin techo; eso también te lo digo. Una o dos paradas más adelante, entra otro joven que se coloca al lado del de la bolsa, justo enfrente de mí. Lleva una chaqueta entre americana y casaca de pana blanca, tampoco se sabe si blanco roto o blanco sucio. Del cuello para arriba se podría decir que normal; jamás hubieras sospechado la indumentaria que verías del cuello para abajo: una camiseta negra con un dibujo con piedrecitas look diamante, un cinturón con una hebilla supegrande con un diseño que bien podría ser el logo de una nueva empresa de ferrocarriles, pero también de piedrecillas preciosas –aunque mi hermano hubiera vomitado al llegar a este punto. Ahora caigo en que no me fijé en el pantalón, deslumbrada –y no en sentido positivo- por el hebillón, aunque está claro que era negro y punto. Pasemos al calzado: botas como camperas pero modernizadas, con superpunta y tacón hacia dentro, de piel, pero piel con pelo, de … cebra. Aguanto como puedo la risa que me produce la energía del triángulo cebril y paso mis ojos alrededor de las otras caras, buscando un signo de que se hayan fijado en el detalle. Respiro hondo y me consuelo pensando que ya me puedo ahorrar hacerle a nadie la consulta imaginada a primera hora de la mañana.

Contraseñas y memoria

Desde que abrí la cuenta corriente en Barcelona en la segunda caixa de mi vida, tuve apuntada la contraseña de la cuenta online en una chequ...