Quedamos para un vermut. Simple, no comprometido. Aséptico. De día. Sin intención.
Cancelaste por
un compromiso de algún favor. En esa época yo ya debía estar alerta y apuntar
mentalmente a los que me cancelan. Dijimos quizás un vinito por la noche. Y
quedamos cerca de mi casa. Nunca quisiste que fuera a la tuya. Celoso con tu
privacidad, como todos los hombres que me han gustado realmente (quizás dos en
los últimos tiempos). Sé que tienes hijos, quizás incluso, quién sabe,
compartes piso (y sí que lo compartía). Quizás incluso no estás ni separado, lo
que se suele pensar en negativo. Lo dudo, porque esa mujer no ha aparecido
nunca en tu trabajo ni en tu nada. Por fin, en la entrevista que te hizo Betevé
dices que viniste a Barcelona por amor. Como otros hombres que sospecho llegan
a otros sitios por amor; el de una mujer o el de unos hijos.
Muy educado,
extremadamente educado. La cita. Estoy en la esquina de La Caixa.
Yo en la acera
de enfrente, con mi abrigo negro de pana, que me sienta de perlas. Confesaste
después que me viste muy atractiva desde el otro lado. Igual que me viste muy
atractiva el día que te conocí. Porque lo estaba. Estaba en un buen momento
físico. Mis pantalones camel y camiseta cuello alto leopardo no choni. La
chaqueta larga y las botas a total conjunto. El abrigo o la gabardina a rastras
porque hacía demasiado sol ese mediodía en el 98 de Passeig de Sant Joan. Y yo
en la esquina mirando a dónde podría ir a comer algo que me encantara,
aprovechando mi tiempo en Barcelona. Y tú pasaste como una bala hacia Correos
con un paquete y dijiste, hasta luego, Lola.
Creo que fue
después de eso que, tímidamente, mediante emails, quedamos para el vermut que
luego fue vino —y margarita, que decías que me diera el gusto. Que costó hasta
darnos el teléfono para el WhatsApp. La educación y la hermética.
Tu amigo, el
extraductor que tenías allí de charleta y con quien me dejaste hablar, casi sin
mirarme a la cara. De vergüenza o de disimulo. Muy ocupado. Muy minucioso, con
tu lista de libro vendido, número de teléfono para el Bizum. Y el amigo dice,
«ah, ya tienes su teléfono, Burlador de
Salamanca». Algo así, de cualquier manera. No parecía muy don juan, que digamos, pero nunca se sabe. Hay gente para todo. Yo había ya pensado si me gustarías físicamente. Siempre lo pienso cuando me gusta una persona de cabeza. Si podría llegar a… pensaba. Sí. Yo sabía que sí. Sólo hay una cosa que me pueda echar atrás físicamente si la persona interior me encanta. Teníamos en común el ser escritores. Ya sé que hemos sido muchas cosas y a saber en qué acabaremos, pero somos escritores.
Al menos tú,
escribes maravillosamente. Al menos tú, ahora tienes un trabajo que te encanta.
Que te lleva la vida, pero lo disfrutas. Envidia sana. Admirable. Un requisito
para amar a alguien es admirarlo.
Volvamos a esa
esquina de Passeig de Sant Joan, no sé, tres días después. Tú con tu abrigo de
paño, hombre clásico, hombre pequeño pero estiloso. Jersey negro de cuello alto
y pantalón pata de gallo en tonos marrones como el abrigo. Esos pantalones que
te sientan tan bien alrededor del paquete. Sí.
Yo recuerdo que me pude poner aquellos vaqueros que sólo me pongo cuando
estoy «delgada». Que me abrocho bajo el ombligo solo porque lo que sobresale no
es vergonzoso. Esos pantalones que luego dijiste que no podías dejar de mirar
cuando pasé por delante de ti para ir al baño. Ese tópico que, al menos en
inglés me viene a la memoria, de «me gusta cuando te marchas». Cuando salimos
por la puerta, te cogí de la mano. Supongo que quería hacer algo como el beso
antes de entrar al restaurante en Annie Hall. Me confesaste luego que te
pusiste a temblar cuando te tomé del brazo. Supongo que también quise copiar a
Guillem Gisbert en la versión de Pulp con “i m’agafava del braceeet”. Yo
era esos personajes de ficción. Era la persona que dije que sería después de
romper con mi primer amor verdadero (único, en realidad), una persona que
mimara y tocara más al ser amado.
Fuiste el último hombre a quien me dio vergüenza besar bajo aquella
lámpara. Esa lámpara bajo la cual he besado o he abrazado a numerosos hombres
en veintitrés años.
La verdad es que era hora de no besar a nadie más allí. De eso me alegro ahora.
Ya está bien de mierdas y mentiras. Ya está bien de que nadie vea mi interior.
Sé que algunos vieron otras cosas, pero daba igual. No es mi problema si ven un
monstruo sexual en mí, no es mi culpa. Mi mirada es la que es y no me voy a
sentir culpable porque a algunes les parezca lasciva o algo negativo.
Te invité a mi piso, eso es obvio. Disimulaste diciendo que no te lo
hubieras esperado nunca, que era como un sueño hecho realidad. No era verdad,
por algo llevabas preservativo en alguna parte. Esa noche no lo usamos porque
no hubo coito. No hizo falta. Tengo la suerte de que sí, de que mis compañeros
volátiles de los últimos tiempos tampoco necesitan penetrar porque no son de
masculinidad tóxica y con prácticas más femeninas nos basta.
Y bajo la ropa clásica y sobria, estaban los calcetines divertidos y los
calzoncillos limpios. La carne duchada y todo lo que hace falta.
Tenías la necesidad de tener el preservativo cerca, pero no hizo falta.
Ni la segunda vez. Hubo cosas que no te hice. Que no hicimos. Y está bien.
Me habría gustado follarte con muchas ganas.
El día uno me dijiste que te ponía a cien y al mismo tiempo te provocaba
mucha ternura. El mejor piropo que una puede recibir. Estaba harta de ser solo
la que pone a cien, joder.
La segunda noche también costó mucho quedar, pero fue de nuevo muy
bonito. Muy emocionante. En el momento de descansar, cuando me había corrido y
tú no, en algún momento el karma tenía que devolverme cosas. Me encantó tener
tu cabeza encima de mi pecho, acariciarte el pelo, que tú sentirías mi corazón
latir igual que yo sentía el tuyo latir sobre mi pubis. Momentos divinos.
Para mí era un… desastre, infortunio, trauma… que no iba a quedarme en la
ciudad. Una vez que encuentras un posible amante, de los que siempre quisiste,
de aunque solo fuera una vez al mes, qué felicidad… Esa vez te tienes que ir.
Aunque si no fuera porque me iba, tampoco te hubiese conocido jamás, porque no
habría intentado vender mis libros y no habría conocido tu librería.
Más tarde me di cuenta de que tus palabras, de nuevo abrazados bajo la
célebre lámpara, llevaban ese humor castellano fino que otros amigos me han
hecho notar que no pillo. Esta vez era obvio, pero bonito igualmente.
—Hemos sido tan felices los dos en este pisito.
Pues sí. Quizás lo bueno fue que no nos dio tiempo a ser otra cosa que
felices. Y lo agradezco.