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16/8/16

76 días

Mi padre
Hace más de tres semanas que murió mi padre. Por lo que sea, hoy estoy más sensible y lloro a lágrima viva.

Había llorado a ratos, solo a ratos. Algunos desesperadamente; los más, ligeramente.
En el tanatorio, cada vez que me acercaba al cristal a verlo me abrazaba a mi madre y lloraba. Y qué raro cuando la gente decía “qué bien lo han dejado”, y tú pensabas que no, que a ti no te gusta. Algunas personas veían lo que yo, un abuelo de serie de la familia Monster, más joven. Algún relleno que le pondrían en la cara que hacía que no se pareciera a él.

—¿Cómo lo querías, más maquillado?
—No, lo quería vivo.

Quizás por eso estoy recordando estas últimas noches el día que murió. Los días previos. Ese sí era mi padre, el mismo de las fotos de jovencito, el que vino a darme apoyo moral cuando me operé de la hernia y, por desgracia, el que tardó una hora y media en morir el sábado en que nos dijeron “ya está”. Ese también era mi padre. 



Mi madre y yo entramos a la visita de la 1. Lo estuvimos cogiendo de la mano, una por cada lado, aguantando estoicamente la pena, acariciándolo, besándolo, diciéndole palabras dulces, limpiándole el líquido que le salía por la boca que dicen que es cosa de esa muerte. Tantos otros días estuve acariciándolo y limpiándole las lágrimas, sintiendo cómo nos apretaba fuerte la mano, diciéndole que lo quería, y finalmente diciéndole que dejaba que se fuera y que descansara. 
Los días antes, mi madre cada vez que se iba le pedía un beso y él se lo daba. Se besaban en los labios. Una cosa que yo no había visto hasta que tuve veinte y pico. Le decía, “venga, campeón, que nos vamos a casa”. Pero no pudo irse ni siquiera a una habitación del hospital. 76 días en Reanimación. Nunca hubiera podido imaginar aguantar todo eso. Que esa persona aguantara tanto. Ya le podían dar antidepresivos. Una persona con 50 días en la misma postura, intubado para respirar, que ya sabe que no va a poder caminar, y que sí, a veces reía con nuestras anécdotas, nos hacía reír con sus ocurrencias, pero otras veces se rendía. Quería descansar.

—Ajudeu-me.
o                     
—¿Voleu que menge?

Y así, arriba, abajo, todo ese tiempo. Y ese último día, las dos fuertes a su lado, las dos emocionadas. Las enfermeras, dos enfermeras, las mejores, grandes y humanas, una abraza a mi madre, con lágrimas en los ojos, la otra me abraza a mí. Nos corrieron la cortina y nos dejaron con él. Nos venían a decir ya falta poco. Una doctora pequeñita que siempre parecía tener frío casi nos dijo el ahora sí definitivo. Ese día, esa hora y media, ya no había beso en la boca que valiera, pero fue la primera vez que oí a mi madre llamar “amor” a mi padre. Y me gustó. Las dos y media, del 23 de julio, cumpleaños de mi hermano.

Esta noche he recordado el tener que salir de allí, que lo van a preparar. Esperar afuera al hombre que viene a arreglar no sé qué papeles. Y las enfermeras dicen que lo van a sacar, por si nos queremos ir a otra parte. Pero nosotras no. Nos quedamos. Y lo vemos pasar en la misma cama bajo una sábana. Y aguantamos.

Y salimos con el hombre de los papeles y vamos a los ascensores. Mi padre en el otro ascensor. Qué raro es todo. Qué duro, qué impotencia.

Y qué fuertes porque no hay otra.

Y pensar que esa tarde hicimos todo el papeleo del funeral mientras mi hermana venía con el coche. Fuimos al piso donde alquilábamos una habitación y recogimos todo. Fue para mí una sorpresa. Yo pensaba que volveríamos en unos días, pero mi madre, práctica como ella sola: “No, yo no tengo ganas de volver en unos días”. Hicimos nuestros bultos. Ropa, enseres, hasta comida, y parecía que habíamos vivido allí un año. Casi no cabe todo en el coche. Y fuimos capaces de hacer “la mudanza”, de dejar aquella casa ordenada y todo desperdigado por nuestra casa. De vestirnos e irnos al tanatorio. Tarde.

A las 9 y media de la noche de un sábado. Con amigos de mi padre de la juventud que casi nunca lo veían pero estaban ahora como en shock. Recuerdo a uno, quieto, con la mirada perdida, apagado, no se atrevió a verlo tras el cristal.

“Cuánta gente lo quería”, decía mi madre. “¿No lo sabías, boba?”, le contestaba mi tío.
Ahora, lo tengo asumido. Obvio que sé que no está, que no está. Pero a veces quisiera no creerlo. Me parece imposible. Me parece injusto y digo que no quiero, no quiero y no quiero.
Pero no volverá. 

Lila
El otro día mi madre me cuenta que nuestra perra, Lila, está muy quieta y muy triste, que mira hacia afuera, o se queda quieta dentro de casa. Yo ya lo vi los últimos días que estuve. El otro día fue a comer allí un primo de mi padre que nunca se le pareció mucho, pero al final todos los de la familia cuando son mayores son parecidos, calvos con pelo blanco y las cejas con los pelos tiesos. Igual Lila se acordó y pensó, ¿y el otro no volverá? Y aún espera. Porque una vez que llegamos en coche mi hermana y yo, nos vino a recibir, vio que lo que salía del coche no le interesaba (antes me hacía unas fiestas tremendas cada vez que regresaba de Barcelona), y se fue a husmear por el trocito donde mi padre hacía sus “pasteradas” de cemento para sus jardineras y pequeñas obras varias.
La noche del funeral, mi hermano se coge una bandejita con la cena y va y se sienta en el sitio del sofá que era el de mi padre. Lila se pone a sus pies. Levanta la cabeza y lo mira, triste. Mi hermano le dice:
—Qué passa, Lila, no està el iaio? No està, pobreta, no està.
Y ella se quedó con la cabeza gacha.
Mi hermano recoge las cositas de la bandeja, y se levanta con lágrimas en los ojos.
—Ja s’acabat el sopar.
Y se sentó en el otro lado. 

Así se quedó la animalita

Mi madre
Entonces mi madre, sigo lo de antes, me dice que coge la foto de mi padre (¿una reciente, no? Sí, mujer, la que está contigo –hace dos años) y le dice a Lila:
—El iaio ja no pot vindre, ¿saps? No pot.
Y luego me dice a mí:
—Serà possible, que fins i tot a la gossa he que consolar jo? I a mí que ningú em diga “pobreta”?
Sí, mama, yo te lo he dicho. Uno de los primeros días tras la operación, cuando había supuestas esperanzas, pero no. Estábamos en un sofá. La pareja invitada de Barcelona en el otro sofá, observándonos. Ella me pasa la mano por el hombro y dice:
—Pobreta.
—Pobreta jo?
—Ai, és veritat, jo també!
Y las dos nos quedamos abrazadas y empezamos a reír y llorar a la vez, de lo ridículo de la situación.
Esa es mi madre y cómo la quiero. Lo he dicho muchas veces y lo diré siempre. Y cómo la admiro. Y lo fuerte que es. Y sí, pobrecita ahora, porque es muy duro para ella. Pero es fuerte y práctica y tiene un par de ovarios, desde siempre, ya lo he dicho otras veces. Cuando se rajó ese puto aneurisma, cuando volvimos a casa después de la operación, lo primero que hizo fue acostarse en la cama de mi padre. Mujer lista, aunque fuera por instinto. Así no vería su cama vacía. Cuando yo estaba me acostaba en la cama de al lado. La de ella. Mis hermanos llegaron a decir que me fuera yo ya a mi cama, no fuera que se acostumbrara (después de la muerte). Por dios, que es mi madre, y son momentos delicados. No es un bebé que tenga que educar. Ella sabe lo que se le viene encima. Yo ya me mudé a mi otra cama. Y ahora estoy en mi casa. Pero no me arrepiento de haber estado con mi madre ni un solo momento. Cierto que hubo momentos en que me sacaba de quicio. Día y noche con la misma  persona, es normal. Nunca había aguantado yo tanto compartiendo espacio con nadie. Tan a gusto. Porque ella y yo nos podemos reír en toda circunstancia. Y sabemos premiarnos y alegrarnos la vida en la medida de lo posible.
—Un geladet, per refrescar-me la consciència.
Era la forma de hablar de mi madre, no que tuviera nada que reclamarle a su conciencia.  

Foto simple que me provoca la mayor de las ternuras.








28/10/14

Traductora que camina, lee y cambia de opinión constantemente busca...

Nada más bajar a la calle hoy, un hombre que puede estar entre los treinta y los cuarenta, colgado el casco del brazo y pinta de tío normal y tal, le está diciendo a sus dos interlocutores, uno de cada sexo binario respectivo: “y entonces piensas, vivo solo, mi vida es soledad…”. Tan normal como si estuviera hablando del partido del fin de semana pasado. Me volvía a mirarlo mientras seguía mi camino porque no se puede parar una cuando tiene hora en algún sitio, pero era como para unirse al club. Síntomas del mundo este de hoy.

Y me voy chino chano a mis recaditos, y sorteo semáforos en rojo para seguir caminando porque además ahora tengo que caminar X minutos cada día, que la orondez se me está pegando a las costillas y es recomendable para otras tantas cosas, por dios. Y sorteo trozos de calle en obras porque oh, maría santísima, están reformando la parte de arriba del Passeig de Sant Joan, al tiempo que siento una compasión inútil por mis convecinos que están sufriendo lo que yo hace unos cuantos años.

En la espera de la segunda cita-recado, converso escritamente (licencia poética, no se me echen a la yugular de la corrección) con un vecino del barrio, llámese Y, porque antes estaban los X minutos. Y me pregunta de coña que si soy traductora o recadera. Y me da la idea. Si tuviera o tuviese las mismas habilidades busca-clientes que necesito como traductora, pues me podría dedicar a eso. Eso que se llama personal shopper o personal assistant en inglés (bueno, lo del shopper creo que nunca se va a adaptar al castellano). Si hablo con las personas adecuadas o pongo anuncios en lugares estratégicos, podría funcionar. Algunos dirían que shopper no, porque para eso necesitaría un criterio de persona con alto poder adquisitivo, que es mi cliente objetivo. Pero no nos demos por vencidas a la primera. Que de gusto ando bien y puedo aprender fácilmente lo que tiene “categoría” de mis amigos los finos o buscar mis cosas especiales si me da la gana. Será mi valor añadido.

Tengo un plan. La tarifa sería por día. Te guardas todas esas cosas molestas que no tienes tiempo que hacer y yo te las hago mañana. Dame asuntillos para arreglar en bancos, hacienda, seguridad social, que te recoja a los niños del colegio y hable con ellos en la lengua que les falte de entre las que sé. Me los llevo al parque, les hago un curso de escritura creativa para peques. O de escritura y lectura nada más, que en los tiempos que corren ya es mucho. Leeríamos en voz alta, escribiríamos y comentaríamos.

***

Cuando regreso del segundo recado, planifico una nueva parada en el camino, que es comprar cosillas en un súper. Pero me paro en un café para tomar un cortado, solo porque no quiero llegar ya a casa y tener que enfrentarme al peliagudo asunto de lidiar con las ofertas extrañas, complicadas y rácanas de trabajo que me encontraré, o a la ausencia de las mismas.

Cambio de plan inmediatamente cuando veo que el café va incluido en un medio menú que resulta que no incluye vino, mierda. Pero me va de perlas porque se supone que estoy a dieta relativa, porque si no me pillaría el menú entero. Mientras espero que se calienten las empanadas me pongo a leer Sin noticias de Gurb donde lo dejé la última vez. Es mi segunda lectura y es electrónica, aplicación Kindle en el móvil, y con la esperanza que la página que le faltaba a la edición en papel esté aquí. (Que luego resultó que no faltaba. Era así.)

Y está claro que es otro, mi segundo libro de cabecera. Empiezo a reírme inmediatamente. Lo retomo donde el extraterrestre intercepta una señal de radio y visto el poco entendimiento entre llamante y locutor, se huele que nada va a ser fácil en su periplo. Como la vida misma. Me acuerdo de la conversación interceptada a primera hora.
El hombre que por dentro es extraterrestre decide caminar para aumentar las posibilidades de encontrar a su compañero Gurb en un trillón. Y empieza a caerse en zanjas que se detallan en la imagen que sigue. Con una proporción de zanjas equitativa para que se queden tranquilos tanto los “secesionistas” como los “constitucionalistas”, que nos estamos volviendo un poco gilipollas con la nomenclatura, no me lo recuerdes. Gracias, señor Mendoza.


Entonces, el extraterrestre sin nombre, que ahora llamaré Z (ya puestos a poner nombres de letra hoy), hoy camina mucho. Como yo, aunque yo no he llegado a las cuatro horas ni de lejos. 

Al contrario que la primera vez que lo leí, en que me reí mucho y me identifiqué cuando Z sale a correr para adelgazar porque se ha acostumbrado a comer churros un poco en demasía (el peso que tiene es poco, pero muchísimo considerando que él es “puro intelecto”). Pero en cuanto pasa al lado de una panadería se compra un trozo de coca de piñones y decide que corra Rita. Ahí estaba yo y mi palmera de chocolate en momentos de debilidad.

Ya en casa seguiré en mis noches con una lectura más tétrica y menos llena de cosas apetecibles que comer, que abundan en Sin noticias…,  que no puedo permitirme tales tentaciones. Tras la frugal comida, en lugar de ir al súper, me paro a comprarme un anillo de 2 euros y seguidamente, a husmear en esa tienda de zapatos estupendos y a precio fenomenal que hay en un pasaje que guardaré en secreto porque me puede venir bien para mi negocio de personal shopper, oiga usted.

Y hoy que por fin paso por allí, y me decido a entrar y comprar, cartelito que dice “vuelvo en 10 minutos”. Ya está. Bastante rodar para el día de hoy, Pepita. Y suerte que he parado ahí, porque menuda tardecita que iba a tener que lidiar con la tarde de negociación de propuestas de trabajo tediosas, raras, todas-juntas, arrastradas (un trabajo T que llevo arrastrando más de una semana mientras deciden cómo hacer una traducción que me habían colado como corta y resultó megalarga).

La vida es azarosa. Me quejo todo el rato. Pero al final del día, he arreglado los asuntillos pendientes, he hecho mis ejercicios de la espalda mientras hablaba vía email con 4 gestores de proyectos de la infame agencia. Y he atado un trabajo para mañana y otro para los próximos doce días. Finalmente, he recibido respuesta de otra sede que me hizo una prueba para traducción de temas dentales, que he aprobado y tengo unos documentos que revisar y rellenar.

Cuando pueda, señores. Hoy ya he cubierto mi cupo.

Y entonces me he cocinado una cena de verdad y después me he puesto con esto. Tres horas después vuelvo a tener hambre. Plátano, no puede ser menos lo que coma. Creo que me lo merezco. Tanto caminar y tanto cavilar bien merece un plátano, por no pensar en mis queridas palmeras de chocolate. 

O los churros de Z. 

22/1/14

Cançons i vida

Estos días me viene a la cabeza mucho la canción Un directiu em va acomiadar, de Manel, en relación con mi visita con el cirujano el día 16, en la que quería ahogarlo si no me operaba pronto, pero que, por supuesto, hice de dona respectable que entén que són coses que passen, y después, acceptava i assentia la senyora obedient que porto dintre.

En este caso, un cirurgià em va donar llargues. Pero sigo estando enfadada y con ganas de retarlo a duelo o echar abajo la puerta de su despacho de un puntapié.

Y como ayer estuve acabando de traducir las canciones del último disco aprovecho aquí para poner la traducción. Hay muchas traducciones en la red, pero la mía es la mejor, por supuesto. Ellos deberían haberla puesto ya. Yo como profesional me ofrecí a su manager para hacerlo por gusto (y mira que yo sin cobrar no muevo muchos dedos en los últimos tiempos), pero me dijo que preferían hacerlo ellos (duh! como que no iba a dejar que lo editaran ellos) y que las pondrían en breve. Hace como medio año. Ay, los odio a veces.

Total, que aquí dejo la letra original y la traducción.

Y por cierto, ya que estamos, voy a ponerlas todas en mi blog de traducción, ya que ellos no han encontrado un hueco (como el cirujano) aún para hacerlo.

Es que me encanta el tono de enfado con gracia de esta canción. (¡¡Estirar-me dels cabells com posseït!!)

13. UN DIRECTIU EM VA ACOMIADAR
Un cop a la setena planta vaig saludar la secretària.
I hauria pogut fotre amb el peu la porta avall,
cridar “he sentit que hem de parlar; doncs parla”.
O dir “em sap greu, però t’equivoques, i del tot,
no has calculat que estic molt boig. En guàrdia! En guàrdia!”.
Quan vaig fer d’home respectable 
que entén que són coses que passen
i un directiu em va acomiadar.
I hauria pogut portar un barret ben divertit,
reptar-lo a un duel i requerir l’espasa,
o estirar-me els cabells, com posseït,
notar-lo ben acollonit, mirant-me, mirant-me. 
Quan acceptava i assentia 
el senyor obedient que porto a dintre
i un directiu em va acomiadar.
Jo l’obeïa i em va acomiadar. 
I aquest va ser el punt i final
d’aquest bell conte al•lucinat 
que ensenyarà, potser, als petits
i distraurà, esperem, els grans.
I aquí s’acaba la funció
el directiu i el nostre heroi 
us saluden, us saluden.



13. UN DIRECTIVO ME DESPIDIÓ

Una vez en la séptima planta saludé a la secretaria.
Y habría podido echar la puerta abajo de un puntapié,
gritar “he oído que tenemos que hablar; pues habla”.
O decir “lo siento, pero te equivocas, y del todo,
no has calculado lo loco que estoy. ¡En guardia! ¡En guardia!”.
Cuando hice de hombre respetable
que entiende que son cosas que pasan
y un directivo me despidió.
Y habría podido llevar un sombrero muy divertido,
retarlo a un duelo y requerir la espada,
o tirarme de los pelos, como poseído,
notarlo bien acojonado, mirándome, mirándome.
Cuando aceptaba y asentía
el señor obediente que llevo dentro
y un directivo me despidió.
Yo obedecía y él me despidió.
Y este fue el punto y final
de este bello cuento alucinado
que enseñará, quizás, a los pequeños
y distraerá, esperemos, a los mayores.
Y aquí se acaba la función
el directivo y nuestro héroe
os saludan, os saludan.





17/1/14

17 de enero

Me despierto a las 5:30 con el dolor. Me levanto a las 5:40 y digo vale, hoy me tomo las pastillas a las 6. Me vuelvo a acostar y no pasa nada. En una escala del 1 al 10 es un dolor del 12. Espero la media o una hora de rigor a que haga efecto para poder dormirme hasta que dios quiera. Las 7, las 8, otra vez me quiero morir. ¿Voy a urgencias, a qué? A que me hagan las preguntas de siempre, las pruebas del hormigueo, de los reflejos, de caminar de punta y de talón... Sí, puedo moverme, no he perdido capacidad motora, pero me muero de dolor, señores.

Las 9, llamo a mi madre para quejarme, para el apoyo moral. Que busque la postura. Mama, desde las 6 que busco la postura, y son las nueve. ¿Cómo quieres que me ponga? El dolor está dentro.

Es que no tengo ganas de vestirme, aunque quisiera coger un taxi y largarme a urgencias. Otra vez resulta que es viernes, y esperaré a ver este finde. Pero si el lunes me despierto con este mismo dolor a las 5, a las 6, voy en pijama a urgencias, la primera. Que me atienda quien quiera. Gritaré.

Me puedo esperar, si aguanto, a que me llamen de la clínica del dolor para las infiltraciones. Así podría llegar posiblemente a la visita del día 27 cuando le diría a ese hombre que no lo puedo soportar más, y le suplicaría que me opere ya, y ya, y ya. Entonces tendré todo el preoperatorio hecho, per l'amor de déu.

Igual también, me callo ya y aprovecho estos momentos para ir buscando nuevos clientes para mi nueva etapa profesional. Porque los ahorros van a sufrir una bajada de mil pares de. Y no pienso volver a trabajar 12 horas al día durante x y z días at a time sin descanso, no sir!

Día 18
¡Repetimos! Como en el antiguo anuncio de las natillas. Hoy a las 6. Toma de dosis y hasta las 8.30 he aguantado en la cama. Desayuno, investigo qué hace una en casos así... lucho, hablo por teléfono. Me doy de alta en Ikea Business que resulta que es una de las pocas ventajas de ser autónomo: puedo comprar por internet. Son las 11.46 y el dolor es el mismo, no me engaño. Voy a salir a la farmacia que me falta uno de los medicamentos de cada toma. Y lo que pueda caminar.

Ayer confieso que me tomé 3 nolotiles que equivalen casi a una ampolla. Y algo me alivió. Mi madre dice que hoy no lo haga, que aguante. No sé. No sé. Me quiero morir casi, así que si es de sobredosis aún encontrarán un cadáver en medianas condiciones.

3/7/13

El día de los tres asesinatos


Tres crímenes hubo.

Primero en la novela que estoy traduciendo.
Luego en la que estoy leyendo, una vez en la cama.
El tercero sucedió a eso de las 4 de la mañana en mi alcoba, en las circunstancias que siguen:

Había yo cerrado todas las puertas de balcón y ventana con cierta antelación a mi encamamiento. No recuerdo si eché spray matamosquitos ni si puse el ahuyentador eléctrico un rato mientras leía. Son precauciones que he de tener en cuanto empieza a hacer la calor, que decía el poeta. Valga decir que esta primavera ha sido fresca y el recién estrenado verano es cálido, pero refresca de noche. Los mosquitos son acérrimos enemigos de mi persona. Cuando menos te los esperas, cuando ya crees que es imposible que se puedan colar por rendija alguna o que quede alguno vivo dentro de tu hábitat de reducidas dimensiones, ¡bam!, aparece alguno de tamaño mota de polvo pero cabrón como el que más.

En esta ocasión, tras la lectura de rigor me di media vuelta en la cama y me tapé, aún con colcha, que una vez apagas la luz, tanto calor no hace. Tapadita estaba yo y a buen recaudo antimosquitos, pensaba yo, durmiendo como una bendita.

Como empecé a relatar arriba, a eso de las cuatro (que eso decía el móvil que uso de despertador cuando acabé la batalla campal), me despertó un picor familiar y un ruido que me exaspera: «meeeeeeh-eeehhh». Yo no oigo zumbidos, yo oigo un «meeeeh-eeeeh» aterrador. Cuando esto sucede, suelo insultar al mosquito en cuestión, mayormente con la palabra «cabrón». Suelo darles caza con lo que sea (incluida una paleta de las que sirven para este fin, si está a mano). O, si les pierdo la pista, como suele ser el caso, porque ya digo que son como motas de polvo, con el spray. Como motas pero con mucha energía, y que muerden con ahínco.

Esta vez lo que pasó fue que estaba yo en posición digamos fetal, de lado (difícil sería poner posición fetal boca arriba o boca abajo), y solo tenía descubierto un trozo de la espalda. Pues el susodicho mosquito me fue a morder ahí justo en la paletilla. El habón que luego vi en el espejo seguro que tenía un área de millones de veces el tamaño del atacante (millones o miles, que muy de números no es una).

La cosa es, a ver si me dejo de ir por los cerros, que fue cuestión de segundos: notar el picor, oir el «meeeee», darme la vuelta instintiva y enojadamente, y dejarse de oír el «meeeee». Cosa que me hizo pensar en que no necesitaría buscarlo, ni levantarme a por el spray. Me había vuelto casi tan rápida como mi enemigo. Tampoco me importó mucho buscar si efectivamente había un cadáver o si se estuviera haciendo el muerto para burlarse de mí. Pero sí, eché una mirada a la almohada, me levanté y eché insecticida, levemente, por si quedase algún rastro del mordedor o de otro compinche. Para mirarme el habón de la paletilla mientras se difumina un poco el pestazo a insecticida. Y claro, luego te acuestas y te empiezan a picar otras partes, ora el tobillo, ora un muslo posterior, ora otras partes poco inaccesibles a mosquitos mota. Y para volver a dormir acabas necesitando volver a coger ese libro, y haciendo la nota mental de nunca jamás ya dejar de poner el ahuyentador eléctrico, por muy cerrado y hermético que te parezca el búnker.

Definitivamente, los odio.

13/1/13

La niña que miraba

Lunes, 13 de junio de 2011 a la(s) 13:22 

La escena de escaparate en el Alsur Café, era esta:


Sólo he venido porque el otro bar más cercano a mi casa, donde voy algunas tardes cuando ya no me motiva trabajar en casa, está cerrado. Y sé que aquí hay WiFi.
Primero, los niños pequeños se suelen quedar mirándome a menudo, no quisiera indagar el porqué, que me lo barrunto. Pero hoy además, la escena era como tan ... femenina.

Yo, con mi camisa rosa de diner, con mi netbook, y mi copa de vino blanco, y mi móvil rosa, sobre la mesa. Pero no me quiero engañar, la niña no estaba mirando a las cosas rosa, ni al netbook, pobrecilla de dos añitos. Me miraba a la cara.

Vale, puede que no sea negativo y puede que vea tantas emociones. Y puede que el rosa de la camisa esté suficientemente cerca de la cara para que la niña se quede encantada. Ella me encantó a mí también, hay que admitirlo.

Que no es que sea el reloj biológico, no... pero chica, los niños pequeños tienen algo. Que no quiera (o no me atreva a) tenerlos, no implica que no me gusten y les vea la gracia. 

Otro día, en un escaparate similar, desde mi biblioteca, subiendo las escaleras al segundo piso, ventanal que da al patio de una guardería. Un niño cogiendo un balón. Le miro, le sonrío, él se queda plantado con el balón entre las manos, mirándome mientras subo. Me quedo "hablándole" tras el cristal dos segundos, y luego me doy la vuelta mientras subo el otro tramo para decirle adiós.

12/8/11

Llorando de cansancio

1
Lloraba en el metro antes de un cumpleaños y me acordé de M. ¿Por qué lloraba ese día? Supongo que porque de nuevo creía que hacía la gilipollas y me acordaba de ella porque ve lo bueno, y me anima para que recuerde y escriba. Otros también.
Pues la otra vez que lloré porque me acordé de M fue en una entrevista de trabajo. Llegó un punto en que me preguntaron “¿qué diría tu mejor amigo de ti?” y yo me acordé de ella, que por entonces estaba en Boston, y me puse a llorar. Estaba premenstrual. Las chicas fueron muy simpáticas, pero ya sabía yo que ahí se acababa la entrevista y las posibilidades si en algún momento las hubo. Luego me alegré de cómo había contestado antes otra pregunta inesperada (más inesperada que esta última). Era que si pudiera ser cualquier cosa que deseara en la vida, un trabajo ideal, si no hubiera límites (“olvídate de esto, de tu experiencia, formación, etc."), ¿qué trabajo me gustaría tener o qué me gustaría ser? Y dije que chica Almodóvar. N se moría de la risa, como que es algo que no tenía que haber dicho. Ah, pero a mí me pidieron que le echara fantasía...
Bueno, pues nunca sabré si contestar lo de Almodóvar era bueno o malo.
Me gustaría probarlo, ponerme a hacer entrevistas y a ver qué cara pone la gente (N me preguntó que qué cara pusieron; yo no me acuerdo).

2
Dónde he llorado:
– en el sofá de mis suegros
– en el autobús a Boston
– en Upiaiwashi y en el restaurante libanés, y en el Atril, y en el chileno
– en el metro
– en una cafetería
– por la calle
– toda la noche en mi casa el día del «no te enamores».
– En el tren de cercanías,
– clase,
– pasillos,
– departamento de lenguas,
– sala de profesores,
– despacho del director.
– En la entrevista, en la misma en que dije que quería ser chica Almodóvar.

3
En transporte público no sólo se llora. También se puede:
– dormir,
– desayunar,
– preparar clases,
– corregir,
– planificar tu vida
– planificar una novela,
– escribir a tus amantes, a tus amigos, de tus amantes,
– pensar,
– no pensar.

17/7/11

Poble Sec, por poner un título

Una fijación que tengo desde hace un tiempo. Que tengo que ir a tomarme unas tapas al bar Zodiaco, en Carrer Blai. Y yo que aprovecho ayer una proyección sobre vidas privadas, usos públicos (o algo así) de un grupo llamado HomeSession, que leí en LeCool, y allá que voy yo interesadísima en esa zona difuminada entre lo público y lo privado, tan del momento.









Bueno, la foto me convenció más que cualquier explicación. Y podría rellenar mucho hablando de cada uno de los vídeos mostrados, a cuál más jugoso.

Pero en el viaje, en el camino, que mientras volando voy y volando vengo, sabemos que muchas veces casi que lo mejor es que me entretengo... [vale, mejor que los cortos, no], pues yo voy y me fijo, en los bares, los restaurantes, las bodegas...

Que la sesión de vídeo-arte es en el número 68 de Poeta Cabanyes, y que mientras subo en dirección montaña, me empapo de la belleza de la calle y los edificios, y me encuentro que es allí donde tomé unos vermuts con Marcos y Neil en Quimet&Quimet, que ya me sonaba a mí la calle y no sabía de qué.

Que cuando salgo del evento, que prometía vino y jamón, pero que chica, si yo no conocía allí a nadie y todos bebían cerveza, no iba a ponerme yo así en jarras delante de la encimera diciendo "¿para cuándo ese vino y ese jamón?". Así que me largo a "explorar" el barrio. Y paso por el Zodiaco de mis deseos-fijación, que paso por Carmesí que me parece de lo mejor, porque miro, no sólo la decoración, sino los platos que sacan, y los que están en las mesas, y bueno... está adjudicado.

Muchos, muchos más sitios interesantes. Más o menos sofisticados pero cada uno con su gracia. Otro que he visitado en dos ocasiones, dos vidas distintas e igualmente extrañas, y ahora visito en su tercera vida, por cariño, por costumbre. Y le pregunto al chico, ¿hace poquito que estáis aquí? Una semanita. Uy, qué bien me ha salido, como si viviera en el barrio mismamente. Le dije que le haría propaganda, pero bien pensado, para eso tenía que haberme llenado la copa de vino un pelín más, que entre lo elegante y lo chabacano hay varias gradaciones intermedias. Ya me estoy oliendo que habrá una cuarta vida en ese local. Si no fuera porque parece que una maldición lo acecha, lo cogería yo, mira lo que te digo. Aunque ya te digo yo que sé cómo quitarle la maldición, un poco más de originalidad y abundancia en las libaciones. A su favor diremos que... pues es el único sitio donde le apetecía entrar a tomarse un pincho una soltera de oro como una servidora. De oro en el sentido de desaprovechada, claro.

Otros locales interesantes, no en tan buen sentido, de haberlos también haylos. Desde aquellos que son entre disco-pub y salón-recibidor, y cosas similares como casas pero con escaparate (se diría que no hacía falta ir a ver vídeos sobre la delicada frontera entre lo público y lo privado), hasta un local que hace esquina casi llegando otra vez al Paralel, con pinta de restaurante de filete y pulpo, que anuncia en pizarra entre dos puertas: "Nou local de copes Ca l'Eusebio. Nosequé* y coctelería". Y el dibujo de un cóctel que al lado dice "Piernas largas", que digo yo que será el cóctel especialidad de la casa, porque Nosequé, coctelería, y piernas largas... así todo junto... serían demasiadas pistas para otro tipo de local. Y que la terraza en punta estaba llena de público moderadamente respetable, y eso me tranquiliza. Pero bueno, que todo ese berenjenal se llame coctelería, pues qué quieres que te diga... No sé. Aunque seguramente durará más que el de las 3-4 vidas. Cuando llegue a la séptima entonces voy yo y lo traspaso. Será el negocio definitivo.

*definitivamente, había otra palabra, pero no recuerdo cuál.

Pero de los sitios interesantes en el mal sentido, el que se lleva la palma, suertudamente, se la lleva ya de camino a casa. Ese bar de toda la vida, que se llama "Bar Andrés, el rey del bocadillo", y que miras para adentro, y ves, detrás de la barra, una china con cara de empanada, mirando fijamente a un punto indefinido allende la barra. Un sólo cliente apoltronado en la misma barra, un hombre de edad avanzada y alcoholizada también. Y el chino, al lado de la china, no mira mucho más allá de ella, y tiene el dedo metido en la nariz. Como pa' entrar y pedirle unas croquetas. Menos mal que me he tomado el pincho de tortilla con el vino escaso, porque si para entonces estoy todavía con el gusanillo en el estómago, rápido me monto yo en el metro y al llegar a casa me frío un huevo o repesco del congelador alguna hogaza de pan olvidada quién sabe cuándo y la parto con un pica-hielos estilo Instinto básico y a la tostadora va que se las pela.

Tú dirás.

Total que, de momento, el bar Zodiaco, en calle Blai, queda aún pendiente, el Carmesí, misma calle también, pendiente para mí, que no para otras. Y el que sí hemos probado Julia y yo, y muy satisfechas que nos hemos quedado de la relación calidad-precio (esa cosa tan actual como la dualidad público-privado, pero que se podría decir de forma mucho más simple), y amabilidad, eficiencia y de tó de las camareras, ha sido La Soleá, en una esquina de la plaza del Sortidor.

Hale pues, ¿qué haces que no te duermes ya, Pepita?

23/5/11

Hoy me he caído de culo en el súper.

En uno de ellos.
Porque yo soy antigua en una cosa: que en supermercado me gustan más los lácteos, y en el otro los productos de limpieza… pues hale, de uno a otro, que en la variedad está el gusto.

No soy antigua en lo de ir a los mercados de verdad. Sostengo que las vendedoras me engañan, pero es natural que guarden los productos buenos para los clientes fijos y la pardilla que lo intenta de vez en cuando no se va a llevar lo mejor. Así que, como no me veo decidida a pararme en una parada cada sábado hasta que me conozca (elige parada, qué estrés), pues sigo haciendo el yo me lo guiso yo me lo como (yo me lo cojo de la estantería y yo lleno el medio ambiente de perniciosas bandejas de poliestireno, mal que me pese).

Otra cosa antigua que tenía era que usaba un carro de la compra. Pequeño, plegable, lo que quieras, pero carro de la compra. Hasta que se rompió el segundo y digo: "pues ahora con estas bolsas tan guapas y tan gansas y tano resistentes que tengo de todo tipo de establecimiento que las regala como publicidad, pues me voy a arreglar".

Además, llevar carga fortalece los huesos. Vale, sí, pero tendría que ser en pequeñas dosis.

Así que hoy he ido al súper 1, y he llenado una bolsa de tela de las cosas pesadas (pocas, pero una era detergente líquido). La bolsa buena de plástico, de cosas sin peso. Bien. Vamos al súper 2. Dejo ambas bolsas en la taquillita.

Dentro, lleno la bolsa más grande y resistente de muchas cosas, algunas pesadas. Y luego compruebo que más pesadas de lo que parece. Con la bolsa grande y pesada en un hombro y la caja de 6 cartones de leche me encamino a la taquilla. La otra bolsa pesada va en el otro hombro. La que no pesa, no importa, pero es de mal llevar (sin contar el efecto colateral de que si me ves luego por la calle parezco una homeless). En eso que me agacho, doblando las rodillas para coger la caja de leche, y cuando me estoy levantando noto que se me va el equilibrio, que me estoy cayendo para atrás. Y prefiero volver a doblar las piernas dejándome caer sobre el culo. Reboto y me quedo sentada. Ese hombre que entra y me ve sentada (y además obstaculizándole el paso). Esa señora que me agarra de la mano y le dice a la nieta: "la señora se ha caído porque llevaba mucho peso".

Y si no me conocieras dirías que soy una sílfide (esquifida, i escanyolida, se me ocurren en catalán ahora unas palabras más adecuadas). Canija, enclenque… ya lo vamos pillando.

Pues no, pero que sí, que es hora de adquirir un nuevo carro de la compra o usar esa maleta que quiero jubilar... a ver si la acabo de rematar. Ya.

3/3/10

Microrrelatos

Microrrelato 2

Piso pequeño.

Para suicidarme con butano no necesito meter la cabeza en el horno ni que me quede en la cocina.

Si cierro las puertas del baño y de la sala, y dejo abierta la de la cocina y la de mi cuarto, puedo echarme en la cama tan ricamente. Y funcionaría.


Venezia en la oscuridad (100 palabras exactas)

En el baño del bar Venezia, un cartel pegado en la pared dice (no sé si refiriéndose a la luz o la cisterna):

“Sé ecológico/a”;

y alguien ha añadido debajo a boli:

“e, o, u, a, sí, hola”.

Y me quedo sin luz de tan ecológica que soy y ¡ay, que no sé donde está el interruptor (por lo visto un piloto luminoso no es ecológico), ni por qué lado se abre la puerta! Qué mala la oscuridad total. Por allí palpando a uno y otro lado, joder, hasta que encuentro no sé si el interruptor o el pestillo.


Lo que transpira

 Mujer con cara de india o gitana, con un moñito en la parte superior de la cabeza; pelo gris y un poco encrespado. Pendientes de oro y chaqueta acolchada, falta recta, medias de color carne y zapatitos de medio tacón antiguos como toda ella, iguales que los que llevaba mi abuela Pepa. 

No se sienta; creo que cree que no se lo merece. He visto la escena otro día. En la cafetería de la panadería, pide en la barra un croissant y un café con leche y se queda allí lo justo para tomárselo. Apenas se apoya en la barra siquiera. 

 

6 copas

Marco las iniciales de los invitados con rotulador permanente en las copas de plástico desmontables, culo rosa por un lado, vaso blanco por otro. Sólo seis personas tienen copas con iniciales. Los demás beben de vasos de plástico normales. Un hombre pone sus iniciales incluso en ese vaso.

      Hay más de dos parejas, pero sólo dos con copas marcadas. Unas las marqué yo. Las de la otra, ellos mismos. La de Maite tenía dos grandes emes redondeadas; y faltaba la tercera eme.

      Al recoger la mañana siguiente, dos copas, las de Marcela e Iván, estaban juntitas sobre mi escritorio. Las de Maite y Joan juntitas sobre la nevera. La de Maria S, al lado del fax y tras una lata de coca-cola, con dos trozos de limón bien entrelazados dentro. La mía aparece en el suelo, bajo la mesa, desmontada, junto a unas  manchas de vino reseco. 


Microrrelato 4 

Calle Martínez de la Rosa. Centro cultural estilo ocupa. Muebles rescatados de contenedor y una nevera. Gente que espera a que pongan la película. En un sofá, en sillas desparejadas. Una chica le pregunta a un chico:

—¿Cómo estás?

Y él dice que está deprimido con una sonrisa de oreja a oreja.

Acaba la película y quitan el panel que es la pantalla. Detrás se abre una puerta que da a un patio donde hay una especie de pirámide hecha de lo que parecen ser espaguetis. Sobre la puerta, un cartel de letras antiguas dice “La rosa de Martínez”.

Un chico pequeño, algo calvo, con perilla y cara de simpático me mira. Lo miro. Intercambiamos unas palabras dentro, otras palabras fuera. Me encanta, pero no sé qué hacer. Y no hago nada. Me voy a casa y la he cagado. Igual que la cagué cuando no fui a aquella cena.


 

 

21/12/09

Calmantes

Estoy en Fnac con Roberta y una amiga suya alemana que yo no conozco todavía. Ella le pregunta a Roberta que si tiene una aspirina y yo busco en mi bolso de trabajo y saco una funda de carrete de fotos llena de pastillas de todos los colores y tamaños, casi todas medicamentos genéricos que conservo desde EEUU, y que van de los analgésicos a los complejos vitamínicos. Hay también algo de cosecha nacional y reciente: un par de Fastum y un Pharmatón Complex que es como una habichuela roja. Yo le he asegurado que el Fastum es para dolores musculares y otra blanca y roja que recuerdo muy bien es lo mejor que hay para el dolor menstrual, pero no se ha fiado de mí. Ha visto unas de color teja con la inscripción I-2 que dice que parecen éxtasis, aunque estoy casi segura de que es ibuprofeno. Conclusión: no volveré a sacar esas pastillas en un lugar público, concurrido y bien iluminado, como es Fnac entre el café y los periódicos.

Pero acabamos siendo buenas amigas, Dorett y yo. Seguro que ahora se fiaría de mis pastillas sin marca. Habíamos quedado para este domingo tonto. Hemos tomado un café, nos hemos hartado de hacer cola para una película que estaba agotada, la chica quería cócteles y yo vino, y hemos acabado comprando una botella de vino y unas patatas en un Opencor cerca de mi casa. Cuando estamos Dorett y yo en Plaza Catalunya, dice con cara de asco que teme que cuando vuelva a Barcelona va a estar todo lleno de letreros luminosos verdes, porque desde ese punto al lado del Corte Inglés se pueden ver otros dos cortes ingleses. Y es que ya sabes como es el Corte Inglés. Y luego, al comprar el vino y las Ruffles, sale ella con la bolsa de Opencor, y dice:

-Ahora ya puedo ir feliz con esta bolsa, como esas mujeres, que salen a la calle con la bolsa de Zara, pero tiene que ser Zara. Quizás debería coger un rotulador gordo y tachar este letrero y escribir ZARA. Zara para pobres.

-Desde luego. Además, lo vas a ver en cualquier museo de arte moderno cualquier día. Por cierto, ¿sabías que Opencor es del Corte Inglés?

***

Vino y Ruffles; ésa ha sido nuestra cena, y de postre el resto de una botella de Khalúa que me quedaba, con leche y canela, y hablando, hablando hasta la hora que se acaba el metro. Ahora estoy un pelín borracha. Nos hemos contado la vida y nos hemos hecho confidencias, hemos reído y reído.

Al día siguiente, sorprendentemente, no tenía resaca. Pero definitivamente, prefiero el ardor.

22/11/09

Y cortó con estilo

Sentada en la barrita delantera del bar gracioso de la calle Vaya Cuesta, como en un escaparate, viendo a la gente que pasa. También a la gente que entra. Ha dudado entre pedirse el cóctel en tamaño normal o en una copa de vino (ponen cócteles grandotes en la happy hour).

—¿Te lo hago flojo?—pregunta la camarera.

—Me preocupa, más que el alcohol, el volumen—de hecho, el alcohol lo necesita.

Al final va a ser cóctel tamaño normal, y espera que de fuerza normal.


La charla de los traductores ha acabado más de una hora antes de la hora fijada para la cena. No puede estar plantada mirando a los demás o en un grupito fingiendo que le interesa la conversación. Más que nada porque no sabe (ni quiere) fingir. Pase, mientras saludaba a los que no van a la cena (alguna a quien tenía que haber reclutado, ahora lo sabe). Luego, ha buscado este sitio que sería su salvación durante media hora. O más.

Un año o no se sabe cuántos meses antes, se rajó. Se fue del restaurante. Por la razón equivocada. Muy equivocada. Una razón que le sirvió de excusa para perderse otras cosas que le hubieran servido de algo en la vida. Hoy se quedará aunque se equivoque. Porque ahora hará lo que tiene que hacer en cada momento. Dirá lo que hay que decir. Declarará su independencia.

El tequila sunrise sabe a aspirina infantil. Por la granadina. No había zumo de arándanos para el cosmopolitan. Mejor. Zumo que sabría a bote. Mejor la aspirina. Las chirimoyas, por cierto, saben a otra medicina de la niñez: a aquel jarabe blanco resultante de la mezcla de un líquido y un polvo. Jugar al químico era el mayor atractivo del jarabe, mayor que el sabor. No el Benadryl, que era el rojo que sabía aún mejor, quién sabe si a algún licor que no conoce aún, o a zumo de arándano.

Pero no jugaba con el Quimicefa.

Y piensa, mientras bebe y observa: ¿Qué coño tanto tiene que hablar la gente? Qué pesadez con el aislamiento del traductor. Por dios, cuando se desaíslan son sacamuelas, por lo que se ve. Ella no es excepción, sólo que a ellos no los conoce, o no le interesan, o no les interesa. Ergo no les habla. Habla mucho en general, eso sí, aunque lo está dejando. Y lo más importante, le encanta estar sola también y no hablar. No hay niños corriendo por su casa, y no necesita mil respuestas a una pregunta simple.

Sólo un día más tarde, un jueves, habían pasado tantísimas cosas. Era casi medianoche, la misma hora que el día anterior al finalizar la cena, moderadamente divertida e informativa, y perfectamente inocua gracias al cóctel. Esta noche de jueves no hubo cócteles para paliar dolores. Sólo hablar con su mejor amiga (posiblemente la mejor amiga del mundo, que diría el anuncio), inaccesible casi siempre pero no hoy, que le detuvo el llanto y hasta le provocó la carcajada.

Antes de eso, había estallado a llorar amparada en la excusa de una película, sí, bastante triste. No la más indicada para el momento, pero conveniente para llorar impunemente en público. Se había estado reprimiendo desde las dos y media de la tarde exactamente, cuando se bajó del taxi tras definitivamente romper con quien a ella le había roto la cadena molecular del ADN de su personalidad. No había llegado a salir de la manzana, y el propósito de salir a comer fuera (y sola) seguía firme. No tenía qué cocinar ni ganas, pero sí hambre. Eso fue a las dos, justo antes de que él llamara y anunciara que vendría a recoger los papeles que le había pedido, a primera hora, que imprimiera como favor. De otra larga cadena de favores.

***

Caminaba en dirección a su casa debatiéndose entre subir y echarse a llorar a todo volumen, como en los viejos tiempos, o caminar un poco más y entrar en ese restaurante chino donde no hubiera jamás entrado en otras circunstancias. La idea a las dos menos cuarto era ir a uno más lejano pero bueno. Ahora, con menos tiempo y ojos llorosos, el restaurante que siempre le pareció malo era perfecto: no había mucha gente. No había mesas individuales, y se sentó en una tira de tres mesas, la más cercana a la puerta. Otra chica solitaria se sentó en la mesa del otro extremo de la tira, para luego mudarse hacia adentro al sentir el biruji que entraba. Los camareros un poco antipáticos. Una chica pelaba patas de pollo en una mesa al lado de la barra. La salsa agridulce era sólo agri, igual que la soja, y el vino era agua.

Perfecto. Otra vez mirando hacia la calle, a las luces y las sombras tras las puertas de cristal esmerilado. La tele con programación en chino era también ideal. El tono de los anunciantes de los próximos programas, el tono de todo, era igual que el de la televisión americana. Una cosa que aprender del día. Como en el bar del cóctel, haciendo tiempo mirando al cristal. La mañana había sido lluviosa y ahora salía el sol. Salió unas cuantas veces mientras comía. Y sólo eso: comer, vistazo a la puerta, vistazo a la tele. Despacio. Pudo con todo y ni se sintió llena.

—¿Quieres café?

—No.

—¿Helado?

—¿Has dicho helado?

—De chocolate…

—De chocolate. Hoy es día de chocolate.

***

Qué bueno estaba el chocolate. Como las trufas de la cena de la noche anterior.

Pero por la mañana, cuando él la había llamado al timbre para invitarla a tomar un cafecito «aquí abajo» (y para no perder la tradición, pedirle que imprimiera aquel documento que él no pudo abrir), ella pidió un croissant de crema.

—¿De crema? —la miró extrañado—, ¿qué te pasa hoy?

Normalmente era palmera de chocolate. Hoy no. Un croissant de crema que hacía juego con las legañas que apenas había podido deshacer.

Tanto se entretuvo en el chino que no pasó a tomar un buen cortado. Directa a casa a ver su culebrón favorito, que siempre veía (oía) mientras hacía cien cosas más. Hoy tampoco. Hoy tocaba emborracharse de sonidos e imágenes, acostada en el sofá. Luego, atendería un poco de trabajo urgente. La responsabilidad era su fuerte. Después, se volvió a acostar en la cama, a descansar y a esperar una llamada de trabajo o la hora de ir al taller de voz, lo que sucediera antes. Así, seguiría la borrachera con ejercicios de respiración, voz, y canto. Y se encadenaría con la película de drama social.

***

A las doce de la noche del miércoles volvía a casa tras la cena con una sonrisa en los labios. Un joven indio que intentaba ligar inició una conversación surreal que le sirvió para ya no sonreír sino reír durante el trayecto. Como se rió también (espaciando llantos) este mediodía hacia las tres menos cuarto, cruzando la calle hacia el chino, al recordar las palabras del hombre, minutos antes. Cualquier grupo de palabras de esas que pronunciaba con total convencimiento y seriedad, que ella se creyó a ratos y, a momentos, le desconcertaban por insólitas.

Que le «disfrazara» la razón de la ruptura, tuvo valor de decirle.

—No me apuñales así.

Apuñalarlo era decirle que estaba harta.

—No me digas que me aprovecho de ti. Dime «mira, te quiero, pero me haces daño, etc.»

El que un día le diera instrucciones de no enamorarse, ahora le daba instrucciones de cómo romper con él. Impresionante.

Ese lunes, justo antes de que él la llamara para invitarla porque «le sobraba una dorada» (o sea, la atraería a su casa, y otra noche más ella sentiría que no debería) había comprado dos rotuladores: quería el plateado, pero cogió también el blanco. Por deseo antiguo. No sabía para escribir sobre qué papel oscuro le serviría, pero lo quería. Se quedó con los dos. Plata y blanco. Cogió también un perforador para hojas que hacía agujeros en forma de corazón, y las cosas realmente necesarias que estaban en la lista y que ahora no recuerda, por supuesto.

Después del desayuno con instrucciones, y rápido porque él tiene trabajo, imprimió los papeles que suponían el favor de hoy. Ningún esfuerzo, pero pesaba sobre su persona. Remató un trabajo. Recibió una llamada para otro que sería su salvación por ahora. Atendió varios emails y exigencias de ese ordenador.

Metió las páginas impresas en un sobre blanco. Se dirigió a la estantería y cogió un gran libro de fotografía periodística y desgarrada, que a él le encantó (o hizo como que le encantaba) en una de las primeras citas, cuando siempre venía a casa de ella, seguramente porque aún no había pasado el filtro que le daría el sello de aprobación para tener el honor de llevarla a su casa. Sacó del armario un papel de regalo plateado. Abrió el libro y leyó la notita de color naranja en la que un día, hacía ya tiempo, había escrito la dedicatoria-despedida y que hasta ahora nunca tuvo cojones —ni rotulador blanco— para escribir en la página negra que seguía a la tapa dura. En la parte de atrás de esa misma hoja, con el rotulador plateado, y aunque fuera sólo por probar, escribió: I want out! Envolvió el libro con cuidado y lo metió, junto con el sobre blanco, en una bolsa también blanca de la medida de los dos paquetes. Dejaba el pedido listo para cuando el hombre tuviera un momento en su agitada vida para venir a recogerlo.

Nunca se sabía cuándo se daría ese momento, pero últimamente había mostrado un poco más de consideración con ella, avisándola con antelación de cualquier actividad en la que se viera implicada. Un detalle. Por eso la llamó a mediodía, justo cuando ella salía a comer, para anunciar que vendría por la tarde.

—¿Cuándo? A las seis tengo que salir.

—Pues esa es la hora que estaba pensando.

—...

—Espera, voy ahora entonces —y bromeaba con alegría.

—Venga, déjate de chorradas y te veo abajo —seria, harta, y cogiendo la bolsa blanca.

Las bromas de siempre y el «vamos a comer juntos» esta vez no funcionarían.

—No, no vamos a comer juntos.

—¿Qué te pasa? Cuéntame.

—Mil veces te lo he contado, ya no te lo voy a contar más —no había más que explicar, que quejarse, que entender. Tras acordar no llamarse más, le entregó los papeles que miró por encima. El libro se quedó en el taxi, dentro de la bolsa.

La dedicatoria no era ya muy oportuna. Pero tampoco fueron oportunas tantas y tantas palabras pronunciadas por él repetidamente durante el primer año de la relación.

«Un día me dijiste que no me deshiciera nunca de este libro. Pero yo creo que es justo y necesario deshacerme de él para ponerlo en manos de alguien que lo aprecie.» Como era justo y necesario romper una cadena y poner en sus propias manos las riendas.

Contraseñas y memoria

Desde que abrí la cuenta corriente en Barcelona en la segunda caixa de mi vida, tuve apuntada la contraseña de la cuenta online en una chequ...