17/7/11
Crujiente por fuera, y por dentro y, más adentro, tierno
que tan bien definió Searle en su momento,
os declaro a vosotros cinco,
churros recubiertos de chocolate crujiente,
mientras camino pizpireta hacia el hogar
dulce hogar mordisqueándoos,
mi cena.
Poble Sec, por poner un título
Bueno, la foto me convenció más que cualquier explicación. Y podría rellenar mucho hablando de cada uno de los vídeos mostrados, a cuál más jugoso.
12/7/11
Manel en el Grec
(La crònica del concert de Manel al Grec).



23/5/11
Hoy me he caído de culo en el súper.
Porque yo soy antigua en una cosa: que en supermercado me gustan más los lácteos, y en el otro los productos de limpieza… pues hale, de uno a otro, que en la variedad está el gusto.
No soy antigua en lo de ir a los mercados de verdad. Sostengo que las vendedoras me engañan, pero es natural que guarden los productos buenos para los clientes fijos y la pardilla que lo intenta de vez en cuando no se va a llevar lo mejor. Así que, como no me veo decidida a pararme en una parada cada sábado hasta que me conozca (elige parada, qué estrés), pues sigo haciendo el yo me lo guiso yo me lo como (yo me lo cojo de la estantería y yo lleno el medio ambiente de perniciosas bandejas de poliestireno, mal que me pese).
Otra cosa antigua que tenía era que usaba un carro de la compra. Pequeño, plegable, lo que quieras, pero carro de la compra. Hasta que se rompió el segundo y digo: "pues ahora con estas bolsas tan guapas y tan gansas y tano resistentes que tengo de todo tipo de establecimiento que las regala como publicidad, pues me voy a arreglar".
Además, llevar carga fortalece los huesos. Vale, sí, pero tendría que ser en pequeñas dosis.
Así que hoy he ido al súper 1, y he llenado una bolsa de tela de las cosas pesadas (pocas, pero una era detergente líquido). La bolsa buena de plástico, de cosas sin peso. Bien. Vamos al súper 2. Dejo ambas bolsas en la taquillita.
Dentro, lleno la bolsa más grande y resistente de muchas cosas, algunas pesadas. Y luego compruebo que más pesadas de lo que parece. Con la bolsa grande y pesada en un hombro y la caja de 6 cartones de leche me encamino a la taquilla. La otra bolsa pesada va en el otro hombro. La que no pesa, no importa, pero es de mal llevar (sin contar el efecto colateral de que si me ves luego por la calle parezco una homeless). En eso que me agacho, doblando las rodillas para coger la caja de leche, y cuando me estoy levantando noto que se me va el equilibrio, que me estoy cayendo para atrás. Y prefiero volver a doblar las piernas dejándome caer sobre el culo. Reboto y me quedo sentada. Ese hombre que entra y me ve sentada (y además obstaculizándole el paso). Esa señora que me agarra de la mano y le dice a la nieta: "la señora se ha caído porque llevaba mucho peso".
Y si no me conocieras dirías que soy una sílfide (esquifida, i escanyolida, se me ocurren en catalán ahora unas palabras más adecuadas). Canija, enclenque… ya lo vamos pillando.
Pues no, pero que sí, que es hora de adquirir un nuevo carro de la compra o usar esa maleta que quiero jubilar... a ver si la acabo de rematar. Ya.
3/3/10
Microrrelatos
Microrrelato 2
Piso pequeño.
Para suicidarme con butano no necesito meter la cabeza en el horno ni que me quede en la cocina.
Si cierro las puertas del baño y de la sala, y dejo abierta la de la cocina y la de mi cuarto, puedo echarme en la cama tan ricamente. Y funcionaría.
Venezia en la oscuridad (100 palabras exactas)
En el baño del bar Venezia, un cartel pegado en la pared dice (no sé si refiriéndose a la luz o la cisterna):
“Sé ecológico/a”;
y alguien ha añadido debajo a boli:
“e, o, u, a, sí, hola”.
Y me quedo sin luz de tan ecológica que soy y ¡ay, que no sé donde está el interruptor (por lo visto un piloto luminoso no es ecológico), ni por qué lado se abre la puerta! Qué mala la oscuridad total. Por allí palpando a uno y otro lado, joder, hasta que encuentro no sé si el interruptor o el pestillo.
Lo que transpira
No se sienta; creo que cree que no se lo merece. He visto la escena otro día. En la cafetería de la panadería, pide en la barra un croissant y un café con leche y se queda allí lo justo para tomárselo. Apenas se apoya en la barra siquiera.
6 copas
Marco las iniciales de los invitados con rotulador permanente en las copas de plástico desmontables, culo rosa por un lado, vaso blanco por otro. Sólo seis personas tienen copas con iniciales. Los demás beben de vasos de plástico normales. Un hombre pone sus iniciales incluso en ese vaso.
Hay
más de dos parejas, pero sólo dos con copas marcadas. Unas las marqué yo. Las
de la otra, ellos mismos. La de Maite tenía dos grandes emes redondeadas; y
faltaba la tercera eme.
Al
recoger la mañana siguiente, dos copas, las de Marcela e Iván, estaban juntitas
sobre mi escritorio. Las de Maite y Joan juntitas sobre la nevera. La de Maria
S, al lado del fax y tras una lata de coca-cola, con dos trozos de limón bien
entrelazados dentro. La mía aparece en el suelo, bajo la mesa, desmontada,
junto a unas manchas de vino reseco.
Microrrelato 4
Calle Martínez de la Rosa. Centro cultural estilo ocupa.
Muebles rescatados de contenedor y una nevera. Gente que espera a que pongan la
película. En un sofá, en sillas desparejadas. Una chica le pregunta a un chico:
—¿Cómo estás?
Y él dice que está deprimido con
una sonrisa de oreja a oreja.
Acaba la película y quitan el
panel que es la pantalla. Detrás se abre una puerta que da a un patio donde hay
una especie de pirámide hecha de lo que parecen ser espaguetis. Sobre la
puerta, un cartel de letras antiguas dice “La rosa de Martínez”.
Un chico pequeño, algo calvo, con
perilla y cara de simpático me mira. Lo miro. Intercambiamos unas palabras
dentro, otras palabras fuera. Me encanta, pero no sé qué hacer. Y no hago nada.
Me voy a casa y la he cagado. Igual que la cagué cuando no fui a aquella cena.
2/3/10
¿dormía?
Veo sonar el móvil
como un despertador
en mi mente.
No estaba dormida.
Veo la ventanita del móvil que se ilumina.
Sé que me avisa, pero no es azul como solía.
No tiene números y letras como solía.
Tiene unos dibujitos indescifrables en colores.
Uno es amarillo, verde o naranja.
Podría ser una cara, una boca en la base.
^ ^
x
mm
Parecido a la señal de electrocardiograma, dos arriba con picos.
Las cejas de mi cuñado hacen pico. Y sus ojos.
No, no me llaman, no es el móvil.
Es mi cabeza.
Me ha asustado.
Intento dormir.
Hace dos semanas que leo (a noches) El año del pensamiento mágico.
Hace dos días que mi cuñado salió de casa por la mañana y todavía no ha regresado.
14/2/10
Mi poema nº 20
21/12/09
Calmantes
Estoy en Fnac con Roberta y una amiga suya alemana que yo no conozco todavía. Ella le pregunta a Roberta que si tiene una aspirina y yo busco en mi bolso de trabajo y saco una funda de carrete de fotos llena de pastillas de todos los colores y tamaños, casi todas medicamentos genéricos que conservo desde EEUU, y que van de los analgésicos a los complejos vitamínicos. Hay también algo de cosecha nacional y reciente: un par de Fastum y un Pharmatón Complex que es como una habichuela roja. Yo le he asegurado que el Fastum es para dolores musculares y otra blanca y roja que recuerdo muy bien es lo mejor que hay para el dolor menstrual, pero no se ha fiado de mí. Ha visto unas de color teja con la inscripción I-2 que dice que parecen éxtasis, aunque estoy casi segura de que es ibuprofeno. Conclusión: no volveré a sacar esas pastillas en un lugar público, concurrido y bien iluminado, como es Fnac entre el café y los periódicos.
Pero acabamos siendo buenas amigas, Dorett y yo. Seguro que ahora se fiaría de mis pastillas sin marca. Habíamos quedado para este domingo tonto. Hemos tomado un café, nos hemos hartado de hacer cola para una película que estaba agotada, la chica quería cócteles y yo vino, y hemos acabado comprando una botella de vino y unas patatas en un Opencor cerca de mi casa. Cuando estamos Dorett y yo en Plaza Catalunya, dice con cara de asco que teme que cuando vuelva a Barcelona va a estar todo lleno de letreros luminosos verdes, porque desde ese punto al lado del Corte Inglés se pueden ver otros dos cortes ingleses. Y es que ya sabes como es el Corte Inglés. Y luego, al comprar el vino y las Ruffles, sale ella con la bolsa de Opencor, y dice:
-Ahora ya puedo ir feliz con esta bolsa, como esas mujeres, que salen a la calle con la bolsa de Zara, pero tiene que ser Zara. Quizás debería coger un rotulador gordo y tachar este letrero y escribir ZARA. Zara para pobres.
-Desde luego. Además, lo vas a ver en cualquier museo de arte moderno cualquier día. Por cierto, ¿sabías que Opencor es del Corte Inglés?
***
Vino y Ruffles; ésa ha sido nuestra cena, y de postre el resto de una botella de Khalúa que me quedaba, con leche y canela, y hablando, hablando hasta la hora que se acaba el metro. Ahora estoy un pelín borracha. Nos hemos contado la vida y nos hemos hecho confidencias, hemos reído y reído.
Al día siguiente, sorprendentemente, no tenía resaca. Pero definitivamente, prefiero el ardor.
22/11/09
Y cortó con estilo
Sentada en la barrita delantera del bar gracioso de la calle Vaya Cuesta, como en un escaparate, viendo a la gente que pasa. También a la gente que entra. Ha dudado entre pedirse el cóctel en tamaño normal o en una copa de vino (ponen cócteles grandotes en la happy hour).
—¿Te lo hago flojo?—pregunta la camarera.
—Me preocupa, más que el alcohol, el volumen—de hecho, el alcohol lo necesita.
Al final va a ser cóctel tamaño normal, y espera que de fuerza normal.
La charla de los traductores ha acabado más de una hora antes de la hora fijada para la cena. No puede estar plantada mirando a los demás o en un grupito fingiendo que le interesa la conversación. Más que nada porque no sabe (ni quiere) fingir. Pase, mientras saludaba a los que no van a la cena (alguna a quien tenía que haber reclutado, ahora lo sabe). Luego, ha buscado este sitio que sería su salvación durante media hora. O más.
Un año o no se sabe cuántos meses antes, se rajó. Se fue del restaurante. Por la razón equivocada. Muy equivocada. Una razón que le sirvió de excusa para perderse otras cosas que le hubieran servido de algo en la vida. Hoy se quedará aunque se equivoque. Porque ahora hará lo que tiene que hacer en cada momento. Dirá lo que hay que decir. Declarará su independencia.
El tequila sunrise sabe a aspirina infantil. Por la granadina. No había zumo de arándanos para el cosmopolitan. Mejor. Zumo que sabría a bote. Mejor la aspirina. Las chirimoyas, por cierto, saben a otra medicina de la niñez: a aquel jarabe blanco resultante de la mezcla de un líquido y un polvo. Jugar al químico era el mayor atractivo del jarabe, mayor que el sabor. No el Benadryl, que era el rojo que sabía aún mejor, quién sabe si a algún licor que no conoce aún, o a zumo de arándano.
Pero no jugaba con el Quimicefa.
Y piensa, mientras bebe y observa: ¿Qué coño tanto tiene que hablar la gente? Qué pesadez con el aislamiento del traductor. Por dios, cuando se desaíslan son sacamuelas, por lo que se ve. Ella no es excepción, sólo que a ellos no los conoce, o no le interesan, o no les interesa. Ergo no les habla. Habla mucho en general, eso sí, aunque lo está dejando. Y lo más importante, le encanta estar sola también y no hablar. No hay niños corriendo por su casa, y no necesita mil respuestas a una pregunta simple.
Sólo un día más tarde, un jueves, habían pasado tantísimas cosas. Era casi medianoche, la misma hora que el día anterior al finalizar la cena, moderadamente divertida e informativa, y perfectamente inocua gracias al cóctel. Esta noche de jueves no hubo cócteles para paliar dolores. Sólo hablar con su mejor amiga (posiblemente la mejor amiga del mundo, que diría el anuncio), inaccesible casi siempre pero no hoy, que le detuvo el llanto y hasta le provocó la carcajada.
Antes de eso, había estallado a llorar amparada en la excusa de una película, sí, bastante triste. No la más indicada para el momento, pero conveniente para llorar impunemente en público. Se había estado reprimiendo desde las dos y media de la tarde exactamente, cuando se bajó del taxi tras definitivamente romper con quien a ella le había roto la cadena molecular del ADN de su personalidad. No había llegado a salir de la manzana, y el propósito de salir a comer fuera (y sola) seguía firme. No tenía qué cocinar ni ganas, pero sí hambre. Eso fue a las dos, justo antes de que él llamara y anunciara que vendría a recoger los papeles que le había pedido, a primera hora, que imprimiera como favor. De otra larga cadena de favores.
***
Caminaba en dirección a su casa debatiéndose entre subir y echarse a llorar a todo volumen, como en los viejos tiempos, o caminar un poco más y entrar en ese restaurante chino donde no hubiera jamás entrado en otras circunstancias. La idea a las dos menos cuarto era ir a uno más lejano pero bueno. Ahora, con menos tiempo y ojos llorosos, el restaurante que siempre le pareció malo era perfecto: no había mucha gente. No había mesas individuales, y se sentó en una tira de tres mesas, la más cercana a la puerta. Otra chica solitaria se sentó en la mesa del otro extremo de la tira, para luego mudarse hacia adentro al sentir el biruji que entraba. Los camareros un poco antipáticos. Una chica pelaba patas de pollo en una mesa al lado de la barra. La salsa agridulce era sólo agri, igual que la soja, y el vino era agua.
Perfecto. Otra vez mirando hacia la calle, a las luces y las sombras tras las puertas de cristal esmerilado. La tele con programación en chino era también ideal. El tono de los anunciantes de los próximos programas, el tono de todo, era igual que el de la televisión americana. Una cosa que aprender del día. Como en el bar del cóctel, haciendo tiempo mirando al cristal. La mañana había sido lluviosa y ahora salía el sol. Salió unas cuantas veces mientras comía. Y sólo eso: comer, vistazo a la puerta, vistazo a la tele. Despacio. Pudo con todo y ni se sintió llena.
—¿Quieres café?
—No.
—¿Helado?
—¿Has dicho helado?
—De chocolate…
—De chocolate. Hoy es día de chocolate.
***
Qué bueno estaba el chocolate. Como las trufas de la cena de la noche anterior.
Pero por la mañana, cuando él la había llamado al timbre para invitarla a tomar un cafecito «aquí abajo» (y para no perder la tradición, pedirle que imprimiera aquel documento que él no pudo abrir), ella pidió un croissant de crema.
—¿De crema? —la miró extrañado—, ¿qué te pasa hoy?
Normalmente era palmera de chocolate. Hoy no. Un croissant de crema que hacía juego con las legañas que apenas había podido deshacer.
Tanto se entretuvo en el chino que no pasó a tomar un buen cortado. Directa a casa a ver su culebrón favorito, que siempre veía (oía) mientras hacía cien cosas más. Hoy tampoco. Hoy tocaba emborracharse de sonidos e imágenes, acostada en el sofá. Luego, atendería un poco de trabajo urgente. La responsabilidad era su fuerte. Después, se volvió a acostar en la cama, a descansar y a esperar una llamada de trabajo o la hora de ir al taller de voz, lo que sucediera antes. Así, seguiría la borrachera con ejercicios de respiración, voz, y canto. Y se encadenaría con la película de drama social.
***
A las doce de la noche del miércoles volvía a casa tras la cena con una sonrisa en los labios. Un joven indio que intentaba ligar inició una conversación surreal que le sirvió para ya no sonreír sino reír durante el trayecto. Como se rió también (espaciando llantos) este mediodía hacia las tres menos cuarto, cruzando la calle hacia el chino, al recordar las palabras del hombre, minutos antes. Cualquier grupo de palabras de esas que pronunciaba con total convencimiento y seriedad, que ella se creyó a ratos y, a momentos, le desconcertaban por insólitas.
Que le «disfrazara» la razón de la ruptura, tuvo valor de decirle.
—No me apuñales así.
Apuñalarlo era decirle que estaba harta.
—No me digas que me aprovecho de ti. Dime «mira, te quiero, pero me haces daño, etc.»
El que un día le diera instrucciones de no enamorarse, ahora le daba instrucciones de cómo romper con él. Impresionante.
Ese lunes, justo antes de que él la llamara para invitarla porque «le sobraba una dorada» (o sea, la atraería a su casa, y otra noche más ella sentiría que no debería) había comprado dos rotuladores: quería el plateado, pero cogió también el blanco. Por deseo antiguo. No sabía para escribir sobre qué papel oscuro le serviría, pero lo quería. Se quedó con los dos. Plata y blanco. Cogió también un perforador para hojas que hacía agujeros en forma de corazón, y las cosas realmente necesarias que estaban en la lista y que ahora no recuerda, por supuesto.
Después del desayuno con instrucciones, y rápido porque él tiene trabajo, imprimió los papeles que suponían el favor de hoy. Ningún esfuerzo, pero pesaba sobre su persona. Remató un trabajo. Recibió una llamada para otro que sería su salvación por ahora. Atendió varios emails y exigencias de ese ordenador.
Metió las páginas impresas en un sobre blanco. Se dirigió a la estantería y cogió un gran libro de fotografía periodística y desgarrada, que a él le encantó (o hizo como que le encantaba) en una de las primeras citas, cuando siempre venía a casa de ella, seguramente porque aún no había pasado el filtro que le daría el sello de aprobación para tener el honor de llevarla a su casa. Sacó del armario un papel de regalo plateado. Abrió el libro y leyó la notita de color naranja en la que un día, hacía ya tiempo, había escrito la dedicatoria-despedida y que hasta ahora nunca tuvo cojones —ni rotulador blanco— para escribir en la página negra que seguía a la tapa dura. En la parte de atrás de esa misma hoja, con el rotulador plateado, y aunque fuera sólo por probar, escribió: I want out! Envolvió el libro con cuidado y lo metió, junto con el sobre blanco, en una bolsa también blanca de la medida de los dos paquetes. Dejaba el pedido listo para cuando el hombre tuviera un momento en su agitada vida para venir a recogerlo.
Nunca se sabía cuándo se daría ese momento, pero últimamente había mostrado un poco más de consideración con ella, avisándola con antelación de cualquier actividad en la que se viera implicada. Un detalle. Por eso la llamó a mediodía, justo cuando ella salía a comer, para anunciar que vendría por la tarde.
—¿Cuándo? A las seis tengo que salir.
—Pues esa es la hora que estaba pensando.
—...
—Espera, voy ahora entonces —y bromeaba con alegría.
—Venga, déjate de chorradas y te veo abajo —seria, harta, y cogiendo la bolsa blanca.
Las bromas de siempre y el «vamos a comer juntos» esta vez no funcionarían.
—No, no vamos a comer juntos.
—¿Qué te pasa? Cuéntame.
—Mil veces te lo he contado, ya no te lo voy a contar más —no había más que explicar, que quejarse, que entender. Tras acordar no llamarse más, le entregó los papeles que miró por encima. El libro se quedó en el taxi, dentro de la bolsa.
La dedicatoria no era ya muy oportuna. Pero tampoco fueron oportunas tantas y tantas palabras pronunciadas por él repetidamente durante el primer año de la relación.
«Un día me dijiste que no me deshiciera nunca de este libro. Pero yo creo que es justo y necesario deshacerme de él para ponerlo en manos de alguien que lo aprecie.» Como era justo y necesario romper una cadena y poner en sus propias manos las riendas.
Cómo cambian las cosas
Ahora que estoy lista para dejarlo,
dice él "sólo falta que me dejes”.
Ahora que no recuerda que despreció y evitó,
quiere él estar encima y congraciarse.
Ahora que necesito estar conmigo y por mí,
quiere llevarme un fin de semana a Londres, o a Dublín.
Vuelve al ego crecido
y cree que su sonrisa es suficiente
y me canta por Sabina
que mi boca ya no busca su boca.
Queda como un señor diciendo que no llama más
y a la que llamo compra sin consultar entradas
para Georges Moustaki, que yo creía muerto ya.
Ahora sólo falta que me cante el Ne me quite pas
a grito pelado y en el pabellón auricular.
¿Tendré que ser desagradable?
¿O podré resistir con estilo?
La era del cóctel (enero 2007-octubre 2008)
Las entradas de noviembre son cosas antiguas que ya se pueden airear. Como todas mis entradas, que no soy yo aquí reportera dicharachera de la actualidad. Y además, las tres entradas de noviembre son en honor a Maribel. Toma.
Contraseñas y memoria
Desde que abrí la cuenta corriente en Barcelona en la segunda caixa de mi vida, tuve apuntada la contraseña de la cuenta online en una chequ...
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Hoy me he levantado feliz. Un poco de descanso, un poco de no hacer nada –tan necesario–, un poco de escribir. Un mucho de cantar –ayer tard...
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—Mira a ese hombre que entra con el conejo de peluche. Se subió un día a mi autobús cuando salía del trabajo en la oficina del correccional...



