20/9/09

El día que me compararon con Dudley Moore

Son las 3 de la mañana y me despierto sobresaltada pensando que me he despertado a las 3 de la tarde una vez más, ya que el jet-lag parece haberme afectado esta vez. O es que tengo una habitación interior donde no me entero ni del día ni de la hora si no quiero. Hace un tiempo buenísimo, y han florecido montones de hombres en bicicleta. Mi abuela murió el lunes pasado, una hora después de que yo llamara desde casa de Cuca. Eso explica lo parco en palabras de mi hermano aquel día. Y yo haciendo la cabra por el otro lado del mundo. Casi me siento culpable.Qué cabrona la tía de Air France en el aeropuerto, que me hizo facturar una maleta de más, cobrando los correspondientes 100 dólares, y además me hizo pasar ropa de una maleta a otra, como si eso fuera a cambiar el peso total del equipaje, exponiendo mi ropa interior y cositas inexplicables en pleno aeropuerto, y restregando así los pantalones negros por el suelo antes de empezar el viaje transatlántico. Por no hablar de tener que llevarme el ordenador portátil bajo el brazo, que finalmente metí a la fuerza en el bolso cuadrado de peluche (igualito al oso que tenía mi hermano de pequeño) para protegerlo durante el vuelo. Y todo lo que había en el bolso, pasó a la bolsa de la manta del avión. Tal era la incongruencia de mi equipaje de mano, que me colocaba en una extraña categoría entre la bag-lady y la ejecutiva agresiva. En el aeropuerto aún intenté, bolso de peluche en bandolera y ordenador portátil bajo el brazo, comprarme una maleta para el ordenador y todo lo que me compré fue un pincelito para el eyeliner de 16 dólares (¿me había vuelto loca?). Y en la tiendita de perfumería en cuestión había seres realmente extraños. Un hombre que es lo último que esperas encontrar en una Body Shop, tanto menos en una tienda más sofisticada del Aeropuerto Logan. Una mujer como la rubia de Absolutely Fabulous (acento británico incluido), que me cobró el pincel, y otra como madre de George Constanza, pero más parecida a la muñeca que tenía su novia y cejas como las que Elaine le pintó a Uncle Leo. Se acerca y me dice, con otro acento extraño:
-Perdone, señorita, ¿no le han dicho nunca que es igualita a Dudley Moore?
-¿Quién?- digo para mí, pero entienden mi rostro.
-Dudley Moore, el actor de Hollywood. ¿No podría ser su hermana? -le pregunta a la otra, que está completamente de acuerdo. Yo no tengo la más mínima de quién es el tipo, pero sospecho que no es de mis favoritos, y que es un poco raro (but very funny, según ellas). La curiosidad me pica y la rubia alta me escribe el nombre en una tarjeta de la tienda. El pincel que he comprado, eso sí, es de la mejor calidad. Hago una búsqueda en Internet y he aquí el tipo. Lo reconozco en seguida.




-¿Cómo se le puede decir a alguien algo así?-Bueno, chica, yo veo el parecido. Cuando he tenido una mala noche y estoy un poco demacrada, lo veo. Se lo cuento a unas compañeras del trabajo que me salió en el verano y se mean de la risa. Parece que ellas sí conocen al actor. Ven más cine de audiencia.
-¿Llevabas el pelo como ahora?-Más o menos.
-Pues por eso es.
-Pues por eso será.

***

The day I was compared to Dudley Moore (2002 or 2003)

It’s 3 a.m. and I wake up in a sweat, thinking I woke up at 3 p.m. once again, since the jet lag seems to have had an impact on me this time. Or maybe it’s just that in my secluded bedroom I can never know what the day or the time is if I don't make an effort.

It is getting warmer and brighter outside and tons of men on bicycles are springing in the streets. My grandma died last Monday, an hour after I called her from my friend Carmen’s. That would explain why my brother was not as talkative as usual that day. And I was fooling around in a frenzy at the other side of the pond. I feel guilty, almost.

What a bitch, that Air France hostess at the airport; she made me check an extra suitcase, with the corresponding extra $100, and on top she had me transfer clothes from one suitcase to another, as if that was going to change the total weight of my luggage, so I had to expose my underwear and uncanny thingies in the middle of the airport, as well as dragging my black pants on the floor prior to starting my transatlantic flight. Not to mention having to carry my new laptop as a purse. I finally managed to force it into the squarish plush handbag (exactly the same color and texture than my brother's stuffed bear) to kind of protect it during the flight. And everything that was in that bag, I transferred to the bag containing the blanket in the airplane. Such was my carry on luggage’ incongruence, that placed me in a strange class between the bag-lady and the executive.

At the airport I still made an attempt, plush shoulder bag crossing my chest and my arm grabbing the laptop, to buy a carrying case for the laptop. But all I got to buy was an eyeliner brush that cost 16 dollars (Had I gone mad?). And the inhabitants of the little make up store were weird beings. A man, which is the last thing you expect to see in a Body Shop, much less in a more sophisticated store at Logan Airpot. A woman that resembled the blonde in Absolutely Fabulous (British accent included) assisted me at the cashier. Another shorter older woman, who resembled George Constanza's mother, but closer to his fiancée’s doll and with eyebrows like the ones Elaine draw on Uncle Leo. She approaches and tells me with a strange accent:
—Excuse me, lady, have you ever been told that you look just like Dudley Moore?
—What? —I said to myself, but I guess my face translated right away.
—Dudley Moore, the Hollywood actor, couldn’t she be his sister? —she asks the other woman, who totally agrees.
I don’t have the faintest idea who the guy is, but I suspect he is not one of my favorites, and he's kind of weird (but very funny, according to them). It piques my curiosity and the tall blonde writes his name down on a business card. The brush I bought I am completely satisfied with, though—top quality. I do an internet search and here is the guy. I recognize him immediately.

—How could they tell you something like that? —says my best friend.
—Well girl, I can see the resemblance. When I’ve had a bad night and I'm looking gaunt, I can see it.

I tell the story to some coworkers at the job I had in the summer and they are rolling with laughter. They definitely knew the actor. They see more commercial films, apparently.
—¿Did you have this same haircut?
—More or less.
—That’s why.
—Well, sure that’s why.

24/8/08

Mesas y contenidos

Esta mañana en la cama, no quería levantarme todavía: me han venido a la mente aquellos manteles, uno verde y otro rojo, de la mesa del apartamento de 54 Fortin Road. He recordado esa cocina claramente. Esos manteles tan cálidos como todo lo demás. Verde ahora, rojo otro día. Tus candelabros de cobre, siempre cerca de la pared. Y luego una serie de mesas, casi siempre sin mantel, pero apoyadas a la pared, como aquella. La de Gesler Street, en la pared. 

La de mi apartamento de Waterman, en la pared. Me ha costado recordar la de Graduate Village—fue tan penoso. Durante largos segundos no veía la imagen, como si allí no comiéramos. Y finalmente la recuerdo, también apoyada contra la pared. La pared de la ventana. La de Fortin Road fue la primera que fotografié. Y ahí me doy cuenta de mi obsesión por fotografiar mesas. Mesas de cocina. A poder ser, con comida o flores, o candelabros.

La mesa actual la he fotografiado también bastante, pero ésta no está apoyada a la pared. Por primera vez, es redonda.


El ocio de mi niñez

Recuerdo sólo dos películas a las que mi abuelo nos llevó, a mis hermanos y a mí, de pequeños, al cine de verano. Pobre hombre, buena voluntad, poco criterio. Una era de Manolo Escobar. Sólo recuerdo una escena en un autobús en que un hombre le mete mano a una mujer por debajo de la minifalda de la época. La otra película, y aquí es cuando yo me río al recordar, era El hombre elefante de David Lynch. Aún estoy esperando ver a un hombre muy parecido a un elefante. Parece que mis padres no tenían tiempo ni ganas de ir al cine. Porque recuerdo perfectamente sólo dos películas más que fui a ver de niña: La Guerra de las Galaxias, en el Coliseum, porque estábamos de “vacaciones” en Barcelona, y algo había que hacer (si no, de qué). Que llegamos tarde y nos tuvimos que poner en primera fila, y en una esquina. Creo que me dormí. Era insoportable. Sólo recuerdo los moños como ensaimadas de la princesa Lea muy, muy grandes y oblongos amenazándome desde la pantalla. Si no me dormí, desde luego, aparté la vista de aquel horror y soñé en algo que no recuerdo. El Planeta de los Simios fue la segunda que vi con mis padres, posiblemente también en Barcelona. Sólo me acuerdo de eso, de que fuimos al cine. La quinta y última, Aladino y la lámpara maravillosa, en dibujos, y en el cine Jonia. Ya tirando a la a adolescencia, y porque una amiga de la familia nos vino a buscar a casa. Nos llevaba. Allá que vamos mi hermana y yo, seguramente vestidas igual, y con sendas mariconeras de charol rojo que eran la hostia de modernas. Nos compramos pipas, y después del cine también fuimos a los coches de choque, que por cierto también creo que fue la única vez en la vida. No sé cómo nos lo hicimos o qué especie de tontería se apoderó de nosotras –o llevábamos las pobrecillas marcada en la frente, dada nuestra nula experiencia en cuestiones de ocio- pero en un momento dado, las dos mariconeras desaparecieron. Final amargo de la emocionante tarde de ocio popular que tardamos en olvidar.

16/10/07

EGB y jabón Lagarto

“Los de la EGB” era el título de una de esas presentaciones PowerPoint que te reenvía el personal como si el correo electrónico se hubiese inventado con este fin. Ya sé de qué va y lo he abierto, e incluso leído, aunque la primera vez que lo leí era mejor o quizás era otro distinto. El gran paréntesis: Que sí, es cierto que nuestras primeras deportivas eran unas Paredes y muchas cosas que no recordabas. Pero lo que más me gusta es que el jabón de Marsella entonces se llamaba Lagarto. Y además era un jabón de verdad, el de toda la vida, con el que frotabas lo más sucio antes de meterlo en la lavadora, que no había oxiaction que valiera. Por no decir que todavía no existe ninguna oxiaction ni otra mierda de action que quite las manchas sin frotar. Palabrita de ama de casa a tiempo parcial, total cuando hay ansiedad. Me niego a comprar productos con perfume a puto jabón de Marsella –suavizante, detergente, limpiapisos, lavavajillas... sólo falta la colonia y el desodorante. Claro, si ahora el suavizante huele a Nenuco, coño, que la colonia de bebé huela a jabón Lagarto, o quizás si el limpiador de suelos oliera a colonia Johnson's me gustaría más... o el aceite Johnson's podría oler a Mistol. Cerremos paréntesis. El resumen es cómo ha cambiado todo desde que los cuarentones de ahora íbamos a EGB. Y lo supuestamente buenos y conformados que éramos entonces. Me llega esto junto con unas experiencias que me recuerdan que las cosas no han cambiado tanto en algunos aspectos. Vale, a lo que iba. Que yo fui a EGB, y ahora estoy en un instituto de secundaria (lo de educación lo omito adrede), donde mis alumnos son los que entonces serían de octavo curso. Y ya se sabe, nos quejamos de que los adolescentes de ahora no trabajan ni tienen interés y cosas mucho peores. Que es muy cierto. Pero no es menos cierto que de éstos también había en aquella época. Yo fui a FP, y he visto paralelismos entre mis alumnos de hoy y algunos de entonces. La diferencia es que ahora son el cincuenta por ciento, y antes eran dos o tres de cuarenta. Sí, uno de mis alumnos, desde que me quedé con un grupito de 12, de los que no quieren aprobar la ESO, se ha pasado todas las clases encerrado en un armario pequeño. Miento: el último día salió para acostarse sobre unas mesas y que las chicas de la clase le dieran un masaje relajante. La diferencia es que aquel de mi clase de FP se metió en el armario para chivarle las respuestas del examen a otro. Al menos, había un objetivo, y un pensamiento. Esas mismas chicas con vocación de masajista son las que a veces sacan el espejo y se peinan y se maquillan. Y esto también lo vi en FP. En la clase de lengua de una profesora que tenía el pelo muy cardado. La diferencia: estaban en las últimas filas. Las de hoy están en la primera. ¿Por qué dejo que se quede en el armario el pequeñito? Supongo que por imitar a la profesora del pelo cardado: Mientras se calle y no moleste… mientras tres me hagan caso dejo a los demás que se maten atrás si quieren. ¿Cuándo hay que expulsar a un alumno? He decidido que el lunes mismo. Es lo que me pregunté el primer día, que fui a la clase que comparto con otra profesora y entonces vi que no expulsaba a la mayoría, aunque bien se lo merecía. Y en mi clase reducida estoy en las mismas: si expulso a los que se lo merecen me quedo sola. Que no me importaría. Hay: Peligro de síndrome de túnel carpiano de tanto escribir partes de expulsión, tantas reglas sobre lo que un profesor puede hacer o no, y normas no escritas del tipo "éste quiere que lo expulses, así que no puedes expulsarlo". No ayuda el sistema informatizado de pasar lista y poner faltas de asistencia y de disciplina, con doce códigos numéricos para cada falta. Fallo: en la falta de disciplina, no se puede entrar más de un código, y la mayoría cometen casi la docena de faltas a un tiempo. Y chica, estoy perdida. Mi profesor de inglés en FP –sólo porque no respondíamos bien a los ejercicios- pegaba un puñetazo en la mesa y después un portazo y se largaba. Luego venía la profe de Humanística y nos echaba la bronquita sobre qué le hemos hecho a Luís que tanto se preocupa por nosotros y después nos explicaba cómo funciona la adrenalina en el cuerpo aprovechando el ejemplo del enfado de Luís. No sé los demás, pero yo aprendí con estas cosas. Pues eso, yo quisiera largarme como Luís, pero creo que no se puede. Me gustaría explicar lo de la adrenalina -o algo similar- pero dudo que me dejen. Aunque a un chiquillo de los más revoltosos (por decirlo suave) le he dicho que a ver si se pone e intenta ser ministro de educación para cambiar esa ley de la escolarización obligatoria hasta los 16 que tanto odia. Opiniones oídas recientemente, que intentaré poner en forma de diálogo: -La ley está así, y ahora ya no hay vuelta atrás. (¿Cómo que no? Igual que se pasó de EGB a ESO, que se pase de la ESO a lo que sea.) -Pues no, porque si salen a los 14 se van a los billares y se empiezan a meter… (alguien más viejo que yo). (Es igual, el que se va a meter se meterá. La vida es dura: hay gente que supera esta etapa y los hay que no. Selección natural. También los había que iban a trabajar y otros que iban a FP... Y ahora, igual, cada cual ya elige lo que quiere.) -A los adolescentes no se les puede pedir que estudien. Yo los pondría a hacer deporte y servicios sociales. (Pro: Me parece muy bien. Merece la pena intentarlo; darles a probar la realidad. Contra: Habría qué ver cuánto deporte organizado pueden soportar y si van a limpiar las calles, por ejemplo. Que deberían... con una figura tipo jefe tiránico. Pero si esa figura no fuera capaz de conseguirlo… ¿Que voy a conseguir yo?) Y una solución intermedia, si yo tampoco llego a ser ministra de educación, sería: vale, aquí se quedan hasta los 16. Los separamos, como se está haciendo, en "los que quieren aprobar" y los que no. Pero mejor. Y el que tenga a los "malos", pues oye, al menos que no se tenga que preparar nada, ni gastar los recursos de la escuela en fotocopias. Incluso se les puede encerrar en una clase y que se maten si quieren. Y así nos ahorramos también un sueldo. Yo por el momento el lunes voy a expulsar a algunos, a cerrar la clase con llave para que no se salga y entre (aunque sospecho que no la puedo cerrar e irme a tomar un cortado). Y ya te contaré. Sé que sólo es un trabajo, que salgo y ya no soy ésa. Pero al pensar me jode que todo evolucione como el detergente: que inventamos nuevas fórmulas, nombres, formatos, concentrados y quitamanchas milagrosos. Que lo envolvemos todo en olor a jabón de Marsella pero las manchas siguen apareciendo y perdurando, porque ya nadie frota con jabón de verdad.

25/9/07

Ahora que ya no se lleva ligar por internet

Podemos soltar algunos pensamientos espontáneos-resorte al ver anuncios/fotos de los hombres de la innombrable página web:

Sí, claro, te voy a contestar precisamente a ti que no tienes la puta decencia de poner una foto. Cuando está claro que si una no pone la foto no le contacta ni Dios. Lo sé porque todos hacemos una búsqueda y a partir de ahí clicamos en la foto que nos entra por el ojo.

Budda Sitges: por ejemplo. Yo no sé si me mandó un beso porque yo le había visto la página, o porque se equivocó, pero me sorprendió, hasta me mosqueó. ¿Por qué una cosa tan guapa y atractiva, tan en forma, me contacta a mí? Sospechoso. ¿Y eso de que viva en Sitges? Mmmm, vamos soy atractiva pero como para cambiar orientaciones sexualeeesss…

***

Hay otros, pobrecitos míos, que mejor que no pongan foto: aquel hombre de Perú, con una foto de carné con pinta de los 70, con la raya bien hecha, con una cara seria de amargura… que más que una cámara dirías que le apunta un fusil... qué pena.

O este otro que, se ve que si lo lavas y lo peinas, podría ser atractivo. Que se ve que lo es, de hecho. Pero claro, si se pone para la foto de esa manera, todo despeinado, sin afeitar, sin una mínima pose ni sonrisa y que le ha dado al botón sin ver lo que enfoca... Vale que estás en casa tranquilamente, vale que las fotos de estudio son engañosas, pero chico, qué te cuesta arreglarte para la foto como cuando vas a salir, por Dios. Si la misión es atraer gente…

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Y el que dice que está en forma y te preguntas si es un chiste. Porque ves una foto pequeña con dos personas, y ya dices: vale, aquí hay truco, te pone una foto con un amigo un poco guapo para que tú creas que ese es él.

(Lo he visto antes, en la primera era de ligoteo por internet. Uno me mandó una vez una foto con dos personas más. Y vi dos fotos más de él, y cuando lo conocí, era distinto a todas. No fue el único. Hubo otros totalmente engañosos…).

Pues lo que iba comentando de la foto con dos personas, una de ellas de abdomen prominente… no, omnipresente. Y luego vas a la foto ampliada, y ves que es él con su hijo preadolescente. Te desconcierta. Recuerdas lo de que está en forma. ¿En forma de qué, de donut? ¿Y qué pinta el hijo aquí? ¿Sinceridad? ¿Hombre familiar? ¿Que no sabe recortar la foto?

O cuando te fijas en la decoración y eso te lo descarta todo: aquel treintañero con una cama de 80 detrás. O aquel caballo de cerámica en la estantería del comedor, o la cadena con crucifijo en el cuello.

Y luego los interesantes que te ponen la foto de un ojo (de la cara). Ey, que otros ponen un culo, y luego resulta que no es el suyo. Y luego te enteras también que si por ellos fuera pondrían no el culo en general, sino el ojo en particular, no sé si me entiendes… porque tienen una fijación…

Bueno, pues el que puso la foto del ojo de la cara, luego entendí cuando lo vi: la boca no la iba a poner no, una de esas bocas difíciles, y con boqueras…

Y los mayorcitos poco atractivos, que te da una pena que sea ese tipo de hombre el que busca una mujer como tú y además piensa que le vas a corresponder. Te deprime. Eso y que cuando intentas suscribirte para contestar los emails te das cuenta de que la letra pequeña es más pequeña de lo que creías y la tarifa más grande.

Y la foto tampoco sirve para nada. Había presentaciones en forma de prospecto de una medicina, y otros estilos similares. Estupendo, un adonis, ciertamente, de cara y torso apolíneo, que además escribía como Dios. Era el mejor de los comunicadores por escrito. En directo: no miraba a los ojos, jamás. No tenía la más mínima habilidad social, por no hablar del color de los dientes.

Así que el único con quien quedé sin foto… imagínate ya el trauma y el drama. Lo veremos más abajo, en Homer(1).


***

Pero antes decir que cuidado, que si pides foto, te tacharán de superficial. Y los maleducados o sobrados, te insultarán: “tiquis-miquis i poc intel.ligent”, me dijo uno, todo fino, el cabrón. Y digo cabrón porque aún lo conocí un poco más. Como tuvo la deferencia de seguir escribiéndole a alguien tan poc intel.ligent, y yo disfrutaba un poco llamándolo Pompeu Fabra, estuve aprendiendo expresiones en catalán que nunca había oído (a dojo, fer patxoca, ondia!). Pero chico, tan fino, tan inteligente... Y cuando tocaba conocernos en persona quería venir directamente a mi casa y él traería el vino, y yo cocinaba. Le parecía de lo más normal, y que qué diferencia hay entre eso o salir a tomar un café. Pues mucha. Obviamente, si es un psicópata asesino lo seguirá siendo, aunque antes vaya a tomar café con él. Psicópatas asesinos se te pueden presentar o construir mientras estás casada con ellos 15 años. En cambio, si es un tipo normal y un pedazo de pan, pero no tenéis nada que deciros, ni hay chispa que salte ni deje de saltar, después del café le dices "encantada", y cada uno pa' su casa. ¿Cómo va a ser lo mismo? Pues nada, ahora ya no era sólo poc intel.ligent, además era… no sé cuántas cosas más… Qué mal rollo.

Pero hay más. De cuando casi funcionaba:

Había, de la primera búsqueda, elegido a dos tíos por la cara (literalmente, porque me gustaba la cara), uno que tenía una rana Gustavo encima de la rodilla, y otro calvo con gafas de pasta:
1 - El de la rana era el casado. Que sí: es el mejor de todos, si no estuviera casado y bien casado y no tuviera muy claro que está casado. Pero lo está, y aunque hemos llegado a ser amigos, y hemos hablado mucho y disfrutado mucho, no es mío, claro.
2 - El calvo con gafas, que contactamos, que vamos a quedar, que tenemos los teléfonos, es escritor de cómics y ahora está ocupado con el salón del Manga… y una noche me estoy comiendo una ensalada delante de la tele y oigo una noticia de un polémico libro por su contenido misógino. Ahí está el libro, ahí está el nombre del autor: mi calvo con gafas, al que aún no he conocido, pero que se hace medio famoso por el momento y que ahora esperemos que siga poniendo palabras a los dibujos Manga… Sí, sí, quedé con él mucho después de eso, pero ni siquiera hablamos del tema. Niano niano… disimulábamos (al menos yo disimulaba). Hablé como una cotorra. Él ya tenía novia, que había conocido precisamente por el mismo sitio web y, al despedirme, me disculpé por haber hablado por los codos.
-No, está bien, porque yo no soy muy locuaz.


***

(1)HOMER - Pero hete aquí aquel de quien no has visto foto. Tartamudea y queda contigo justo en las fiestas de Gracia. Ya te debería dar mala espina que es de Madrid y se ha venido a vivir a Barcelona. Cuando lo ves, con el pantalón hasta más arriba de la cintura, y más culo que panza, intentas hacer la señal pactada con tu amigo gay que significa “rescátame”, pero él interpreta: “Aléjate, me quedo con aquí Homer Simpson”. Y el hombre de los pantalones altos que cantan en medio de una placeta de Gracia repleta de modernillos sigue interesado en ti, aunque aún no te haya visto bien porque TAMPOCO mira a los ojos, y no ha visto que no solo no quieres mirar tampoco, sino que también tienes cara de sufrimiento, y que te estás intentando escaquear. Que por mucho móvil que tengamos no habrá hoy forma de pedirle a tu amigo, otra vez, que te rescate. Porque el cabrón encima está en la otra esquina de otra plaza ya, riéndose de ti. Y cuando ya le dices a la cita que estás cansada y mejor te vas a casa, te tienes que inventar otra mentira, porque encima vive de camino a tu casa, y te puede acompañar. Te las arreglas para hablar con tu amigo (que se sigue riendo de ti y lo hará durante meses) y haces teatro, “ay chica, estás aquí, pues venga que nos vemos…”, y esta vez, por supuesto, Homer sí se da cuenta de que mientes como una bellaca:
1º- por la ley de Murphy.
2º- porque simplemente no sabes actuar.
Y entonces Homer, con cara y tono de dolido te dice “anda, vete, vete”

Y tú te sientes horrible bruja donde las haya.

6/4/06

Es lo que tiene el metro los sábados

Mientras me vestía me preguntaba si mi suéter sin mangas con estampado de cebra sería muy cutre. Me preguntaba a quién se lo podía preguntar. Y le diría: “es que tiene años, aunque no es de los 80, no te creas”. Ya en el metro, cuando he cambiado a la línea tres en Plaza Cataluña, el chico que estaba de pie delante de mi llevaba una bolsa de plástico rígido, de las que venden en el todo a más de un euro, con estampado de cebra, pequeño. El chico no se sabía si era muy original o sin techo; eso también te lo digo. Una o dos paradas más adelante, entra otro joven que se coloca al lado del de la bolsa, justo enfrente de mí. Lleva una chaqueta entre americana y casaca de pana blanca, tampoco se sabe si blanco roto o blanco sucio. Del cuello para arriba se podría decir que normal; jamás hubieras sospechado la indumentaria que verías del cuello para abajo: una camiseta negra con un dibujo con piedrecitas look diamante, un cinturón con una hebilla supegrande con un diseño que bien podría ser el logo de una nueva empresa de ferrocarriles, pero también de piedrecillas preciosas –aunque mi hermano hubiera vomitado al llegar a este punto. Ahora caigo en que no me fijé en el pantalón, deslumbrada –y no en sentido positivo- por el hebillón, aunque está claro que era negro y punto. Pasemos al calzado: botas como camperas pero modernizadas, con superpunta y tacón hacia dentro, de piel, pero piel con pelo, de … cebra. Aguanto como puedo la risa que me produce la energía del triángulo cebril y paso mis ojos alrededor de las otras caras, buscando un signo de que se hayan fijado en el detalle. Respiro hondo y me consuelo pensando que ya me puedo ahorrar hacerle a nadie la consulta imaginada a primera hora de la mañana.

19/2/06

quiero llorar

indigente

con collar de perlas.

el carro, las mantas,

limpia y bien vestida

sobria

leyendo el folleto de ofertas del súper.

a su lado, en la escalera donde está sentada,

en calle céntrica del eixample dret,

un trozo grande de queso de bola envuelto en film

y una manzana reluciente.

mujer de unos 65 años con pelo corto y blanco.

seguro que es inteligente.

quizás mendiga para comprarse comida.

quizás tiene una paga que le da

para comer y vestirse,

pero no para pagarse un techo.

me pregunto dónde se ducha y lava la ropa-

puede que en uno de esos albergues para indigentes.

pero yo creía que allí sólo te dan de comer

y cobijo a veces.

¿y si la paga le da, ya que no para un alquiler,

para pagar un DIR para las duchas,

y tiene suficiente energía y moral

para hacer ejercicio también?

y para llevar la ropa a la lavandería.

se acerca la primavera, ya no pasará tanto frío.

¿y después del verano?

¿y del otoño?


24/1/06

Profesiones

Quizás no todo tiempo pasado fue mejor, pero echo de menos algo de la simplicidad que existió en otros tiempos y que yo apenas conocí. Por ejemplo, eso de las personas y las profesiones. Estaba pensando en los hermanos de mi abuela materna, todos conocidos desde siempre por el nombre de pila y el mote que viene de su profesión: Francisco, o ‘el barbero;’ Jaume, o ‘el carnicero’; Toni, o ‘el herrero’. El padre y el hermano de mi padre, a quienes nunca conocí, eran marineros. Probablemente por eso mi padre cambió de profesión cuando era aún prácticamente un niño y ya había sido marinero durante un tiempo. Se hizo pintor, otra profesión de una palabra. Mi tío Paco, por el lado de mi madre, es –aún, milagrosamente– carpintero. El tío Toni tuvo que renovar su título para acomodarse a los nuevos desarrollos del sector: pasó de hacer ventanas, balcones, y puertas de hierro, a hacerlos de aluminio. Mi hermano y mis primos no tienen profesiones. Algunos tienen suerte de tener un trabajo. Y sólo pueden llamarse electricista o mecánico, o instalador de antenas, mientras les dura el trabajo. Mi familia ha sido una familia de trabajadores literalmente. Sólo trabajaban, y todos normalmente usando las manos. Si no he mencionado a las mujeres aún es simplemente porque hablaba de tiempos en que las mujeres no tenían trabajos. Trabajaban, eso sí, pero eso no les daba dinero, ni título. El padre de mi abuela, el padre de todos esos hombres con profesiones, no tenía profesión conocida. Sólo recuerdo lo que me contaba mi abuela. Que se fue a Francia, supuestamente para trabajar y mandar dinero a la familia, pero no funcionó así exactamente. No llegaba mucho dinero de Francia, pero engendraba un nuevo hijo cada vez que volvía de visita. Y cada vez que volvía, volvían las palizas para su mujer. Para una mujer que no tenía tiempo para las imaginarias infidelidades que eran sólo un reflejo de las suyas propias. Una mujer sin profesión pero con muchos trabajos: criar a siete hijos, trabajar en el campo para mantenerlos, hacer las faenas domésticas, y hacerlo todo de forma que sus hijos pudieran un día arreglárselas solos. Desde luego, arreglárselas solas no era una opción aún para las hijas. Sólo podían optar a un marido y a unos hijos. Uno de esos maridos era una copia exacta de aquel padre. Otro, dejaba mucho que desear. El tercero, mi abuelo, a quien yo siempre aprecié, estaba no obstante impregnado del machismo reinante en la época y tan fuerte aún en el presente. Se daba por hecho que ellas tenían que trabajar dentro y fuera de casa, y criar a los hijos. Ni hablar de profesiones. Ahora que lo pienso, sólo una de esas mujeres tiene, como sus hermanos del sexo masculino, un adjetivo calificativo como mote dentro de la familia. A diferencia de ellos, no se refiere a una profesión. La tía Francisca ha sido siempre "la coja", desde que un accidente de niña la dejó atada a sus muletas para siempre.

El décimo de navidad

Nunca me ha interesado la lotería e incluso la desprecio. La desprecio gracias al concepto que me explicó mi suegro americano–vaya, no tengo otro, de momento- , cerebral y mecánico. Como persona lógica que soy, pragmática por naturaleza y -según mi suegro también- más inteligente que un elevado tanto por ciento de la población, comprendí e interioricé la teoría cierta pero que muchos eligen ignorar sobre cualquier juego de azar: las posibilidades de echar tu dinero a la basura son infinitamente mayores que las de ganar un premio sustancioso. Obviamente, si el provecho no fuese magro para los casinos, los proveedores de tragaperras y los gobiernos, no habría lotería. Mi suegro, como buen creyente en el sueño americano, está convencido de que si tú vales y te esfuerzas, ya ganas el dinero necesario. Incluso el no necesario, y él era un ejemplo, y hay muchos ejemplos. La suerte no merecía consideración alguna en su esquema mental. Y yo, que siempre me pongo en lugar de unos y de otros, entendía perfectamente sus razonamientos. Yo nunca fui forofa de la lotería, pero sí mi familia. Y a todos los que conocía en el pueblo, círculos de clase media tirando a baja. Concretamente en mi familia, desde que tengo uso de razón, siempre hemos ido justos, y por eso yo pensé que la lotería era simplemente una esperanza no exenta de razón. Además, jugaban lo justo, todo con medida en mi familia. No era vicio, sino necesidad. Así que… entiendo una clase social y otra, una sociedad bien informada, y otra menos informada-cuestión de clase social y medios, lo cual, aunque mi suegro no lo crea, está relacionado con la suerte. La suerte de haber nacido en un país más o menos desarrollado. Y dentro del país supuestamente desarrollado, siempre lo digo, en el barrio adecuado. Eso es cierto para los EEUU, y pensaba yo que en España corríamos mejor suerte. Pero todo está cambiando, ahora vamos a lo mismo: diferencias cada vez más grandes y barrios que se segregan, colegios que se segregan… pero esa es otra historia. Entonces, mi familia americana media-alta y mi practicidad y laboriosidad nos llevábamos de perlas y nunca sentí la necesidad de comprar papelitos ni rascar cartoncitos. Es curioso que en EEUU la lotería que hay es del tipo “rasca y gana”, que me parecía tan infantil y que sólo había visto comprar a los más pobres. Este tipo, que no había visto antes en Alicante, resulta que es de lo más normal en Cataluña. Me chocó, y ahora que se acercan las navidades, cual fue mi sorpresa cuando en la empresa donde trabajo, llena de profesionales jóvenes, con carreras y profesiones que yo aseguraría les tienen satisfechos, se sacó el tema de la lotería de navidad. Hay que joderse. Ahora resulta que tengo que gestionar este deseo de más fortuna, definitivamente universal. Ha sido duro comprobarlo, y más duro tener que comprar medio décimo, porque estás ahí y si tocara no te lo perdonarías, lo cual obviamente es el mejor gancho que hay para propagar la “afición” ludópata. Como aquí el individualismo no cuenta y hasta se ve mal, te sumas al borreguismo, yo la primera, llevada por la semillita de la superstición que no en vano te plantaron desde chiquitita, que tenemos muchos años de catolicismo, culpa, hambre y esas cosas exquisitas que se graban en tu subconsciente en los tres primeros años de vida. Es digno de mención también que hay personas en aquel edificio que vienen de otros países, mayormente nórdicos, y que no responden al estímulo, y bien que hacen. No tendrán la semillita. Y luego están los intermedios: dos empleadas y dos autónomas que nos hemos emparejado de forma totalmente natural y sencilla para compartir un décimo. Porque si tirar diez euros no nos hace gracia, menos nos haría tirar veinte. Y que si toca, yo no sé las otras, pero pienso yo: Si nos tocan 100, como me aseguran pasó el año pasado, ni cien ni cincuenta me sacan de la miseria. Si nos toca una cantidad respetable de esas que no caben en mi imaginación, lo mismo me va a dar que me toque equis, que equis entre dos, porque tampoco sabré que hacer con el dinero. No tengo planes de comprarme un coche ni un velero ni dar la vuelta al mundo. Ni siquiera sé gastarme el dinero en ropa o zapatos caros. Lo intentaría, pero seguramente lo que acabaría haciendo será invertirlo en concentrarme más en, o prepararme más para, ganarme la vida haciendo lo que me gusta: la mayor ilusión que puede tener una laboriosa hija de trabajadores, que diría mi padre. La mayor lotería que me podría tocar.

Trabajo es trabajo

Pues sí. En el trabajo estamos haciendo reformitas. Me fui a comprar dos metros y pico de felpudo de ese gordo y hermoso, y la dependienta me preguntó si lo quería llevar en otro momento, con un carrito de la compra, porque pesa mucho. Obviamente, también podía llevarme un rollo y luego otro, pero yo digo; -¡Bah!, soy fuerte -y chula, por lo que se ve. Pues bueno, ya estaba viendo yo esos rollos y a punto de decir: “vale, me llevo uno ahora, otro en otro momento”, cuando ella le dice a otro empleado: -Hazle unas asas a la chica. Vale, las asas lo hacían más portable, pero salgo de allí y a la primera de cambio se me rompe una. Dudo, volver o no volver, pero ¿cómo voy a volver con lo que pesa y los metritos caminados? Allá que cojo uno de los rollos en un abrazo. Unos metros más abajo, “¡raca!”, dice la otra asa de cinta de empaquetar. Y ahí voy yo con los dos rollos, uno en cada brazo, mi bolso-archivo delante. Los rollos que se escurren, los dejo en alguna portería o banqueta de escaparate para volverlos a coger mejor. Al final la acera ya es suficiente. Es un via crucis casi casi literal (via rollis felpudi), y para colmo de males, llevo un top de tirantes un pelín escotado, escote que no me puedo levantar como de costumbre, sino que los rollos lo bajan más aún sin posibilidad de retorno, sujetador fucsia al aire y los rollos a los lados hacen efecto wonderbra, que en esta situación no me halaga especialmente. Por si no fuera suficiente que la gente me mire con cara de ¿ánde-vá-ésta-con-éso?, lo que me faltaba era que se me fijen en el detalle central. Yo, intento juntar más los rollos para taparme las tetas, aunque sienta que me estoy haciendo un mamograma. De verdad, fue horrible y juré nunca más hacerme la supermana. El día siguiente ya me tienes poniendo burlete adhesivo a unas puertas que no se dejan porque la madera está podridita, y allá estoy yo encima de una silla, con la falda remangá, que parezco prima hermana de la cabra de la legión, y brincando como un choto cada vez que suena el timbre. Todo, por cuatrocientos al mes. ¿Alguien da más?

24/9/05

Nada estupendo que contar, pero llegará, señoras y señores, llegará... Lo juro por Escarlata O'Hara.

La noche que empiezo no tengo nada estupendo que contar. Ni siquiera miserable. Quizás sólo patético: en lugar de subir al terrado a ver los fuegos artificiales, me emborracho o me atiborro colocando la pantalla del ordenador ante mí y la tele con el fútbol (que qué cojones me importa a mí) atrás, de fondo.

Contraseñas y memoria

Desde que abrí la cuenta corriente en Barcelona en la segunda caixa de mi vida, tuve apuntada la contraseña de la cuenta online en una chequ...